Oye, ¿sabes estas cosas que las ves y dices «uuuy, qué poquito les queda»?
En plan los videoclubs hace unos años, o la pirámide musical de Nuevo Centro, o Quique San Francisco, ese rollo.
A veces es por pura ley de vida, tienen su ciclo y su tiempo, pero a veces es por la aparición de un depredador natural más grande y fuerte, como Netflix con la tele normal, o Uber con los taxis.
Bueno, pues ayer tuve esa sensación con los restaurantes chinos de toda la vida.
El chinarro típico con rollito de primavera, licor de flores, pollo con almendra, y hormigas subiendo al árbol. Eso tiene los días contados. Empezó a tambalearse con la aparición del sushi, después tuvo que competir con vietnamitas, tailandeses y coreanos pero es que ahora, señores, está siendo fagocitado por los propios chinos modernos.
Se han acabado los budas dorados y los papeles pintados con cascadas y bambú, a tomar por culo los estanques con carpas. Ahora tenemos azulejos y neón. O sea, siempre van a estar ahí el Mey Mey, Frenazo, Casa Ru, y toda la calle Pelayo, pero lo que es el chino de barrio yo creo que va para el hoyo.
Porque ayer estuve en Xiong He Jia, y que en plena Plaza Xúquer te abran uno de estos, para mí ya dice algo.

Lo chino desaparece en función de lo asiático, que es más genérico. Cada vez menos rollito y más dim sum, échale un ojo al sitio este que es taiwanés, y no vas a ver una cena de clase poniéndose hasta arriba de arroz tres delicias y jarras de cerveza baratas.
Como te decía, azulejo y neón. Además en la entrada hay como un carrito de helados y siropes para hacerte bubble teas, que son los tes esos con bolas dentro, dulces como la madre que los parió, que me dan todo el asco.

En la carta ya ves que los paladares europeos empiezan a acostumbrarse a cosas más picantes y encurtidas, y van pasando de lo frito.
Parece que la especialidad son los dim sum y las empanadillas, así que vamos con eso. Xiaolongbao, shaomai y jiaozi.
Intento explicar.
El xiaolongbao pone que son «pollos caldosos de carne», pero en realidad son saquitos de pasta un poco gruesa, que dentro llevan carne picada y caldo, hechos al vapor. Al cogerlos con los palillos de metal, es muy fácil que se rompan y te chorree el caldo. Están guay, pero demasiada pasta, y me faltaba un algo. Te sacan soja para mojar, pero… no sé, se me queda corto.

Los shaomai son saquitos de carne y gambas esta vez. La pasta es más fina, con lo que el relleno está más presente, pero a pesar de llevar gambas y lo que parecen huevas por encima, no sabe casi a pescado, y el sabor es muy parecido al anterior. Mismo procedimiento, coge palillo-moja soja-de un bocado. Es un sabor que ya conoces, pero con textura más molona, menos pastosa.

Terminamos ronda con las jiaozi, que son empanadillas vegetales. Nos llegan cinco gyozitas verdes, como muy jugosas, y… oh, el relleno no está nada mal. Son verduritas cortadas a micrones, pero crujientes. Hay algo que parece encurtido, algo más tierno, parece que veo zanahoria, muy bien. Mejoran con la soja, porque al final es verdura al vapor, y la verdura al vapor es la forma que tiene Dios de decirte que te has equivocado en algo. Necesita un punchecito, pero salvan el día.

Aquí empieza lo interesante, mollejas de pollo picantes. En china les mola más la casquería que a Mocito Feliz salir en la tele, así que esto me parece un indicativo de autenticidad.
De normal, a mí las mollejas me entran bastante, pero he de decir que estas no fueron mis favoritas. Tienen textura crujiente, de cartílago. Saben bastante a jengibre, tienen el puntito ese como floral, llevan sésamo y cilantro. El picante es muy asumible, pican suave y en los laterales de la lengua, es un picante para menores acompañados. No creo que sea un plato que vaya a triunfar como estrella de la carta, porque además salen frías, y nano, son putas mollejas de pollo. Ahí te lo dejo por si quieres catarlas.

Seguimos con un muy bien y un mal, el pato glaseado, y el nabo encurtido.
El pato es maravilloso, la grasa se separa sin esfuerzo, y es una carne magra, sabrosa, y tierna. Viene completamente bañada en la salsa, que es de la que te deja los labios pegaditos. Tiene un salado potente, umami máximo.

El nabo encurtido, pues mira. Es nabo que sabe a vinagre y dulce. Si te molan esas tres cosas juntas es tu plato, a mí me pareció que teniendo el pato al lado, se iba a quedar mirando.

¿Quieres más? Boniato frito y gyozas.
Mira, el boniato sabe completamente a buñuelo de calabaza de la horchatería «El Siglo». Lo tienes ahí. Es eso. Ese dulzor con fritanguilla, esa textura crunchy por fuera, tierna por dentro, clavado.

Las gyozas vas a ver que no son las de siempre. Para empezar, más largas y de otro color, como si la pasta llevara tomate integrado o zanahoria o algo así. El interior es parecido al de los dim sum, pero diría que tiene un algo extra. En la escala gyozas del M2M Noodles, te diría que son… un 6’5.

Por gula pura, porque falta ya no hace, pedimos el pollo frito al estilo taiwanés. Media ración.
Para ser media, es generosa. Te va a recordar un poco al kaarage. Viene con albahaca frita, que al estar frita no sabe a albahaca, y un cuenquito con salsa chili dulce. Está rico, el rebozado tampoco tiene un rollo que te mueres, pero es bastante ligero, y el pollo está jugosín, de hecho, me estoy quemando por ansia pura. Me lo pediría de nuevo.

A pesar de ser entre semana, está bastante lleno. En la mesa de al lado hay dos chicos chinos, detrás tenemos a una pareja, y al lado a dos chicas que están hablando de una serie que no he visto. Momento de pedir la cuenta.
65,10 pavos entre 3. Yeah. No llega a 22 y hemos probado casi la mitad de la carta.

Pues a ver. Creo que este sitio sin tener nada de cocina espectacular así que digas «uau», tiene sus cositas.
Es agradable, el pato muy bien, las gyozas guay, el pollo okey también, y todo súper barato. Tienes posibilidad de probar un montón de cosas sin salir clavado ni lleno de fritanga. Por otra parte, vi salir varios baos, y son los clásicos panes blancos con forma de C que no me molan nada.
Mira… es un Okey.
Goza de amplio aparcamiento.