Tenía muchas ganas de revisitar La Taula de Yoon.
Solía ir bastante al principio, cuando había menos mesas y un pollo con queso en la carta que estaba que flipas.
Creo que fue el décimo post del blog, en enero de 2020. No ha pasado tanto, pero lo recuerdo como si la gente fuera con hombreras y corbatas de piano.
Hace tiempo reformaron para meter una barra y tener algo de sitio extra. También cambiaron la carta. Pero todavía no había conseguido ir.
¿Y sabéis por qué?
Pues porque como hacen las cosas tan de puta madre, están llenos siempre. No han subido los precios, no han reducido la calidad, y sobre todo no se han flipado y han cogido un hangar para que les quepan 500 personas.
Simplemente si no hay sitio, te dicen que no, y ellos siguen dando de cenar cada noche a turnos de 20-25 personas a su puto ritmo.

Decoración muy sobria, apenas unos cuadros, unos libros y una ristra de ajos al lado de la cocina, que está a la vista.

La carta es impresionantemente corta: Cuatro primeros y cuatro segundos.
La única concesión al pescado son unos pulpitos picantes, que no vamos a probar, porque una de las comensales quedó traumatizada tras ver el documental del pulpo de los cojones de Netflix, y piensa que los pulpos escriben poemas y dirigen cortos, y le sabe mal.

Empezamos con una botella de verdejo (14 pavos, fresquito, rico), y nos sacan dos cuenquitos de nabo encurtido. Es dulce, picante, y sabe a aceite de sésamo. Abre boca, y seguramente es más sano que unas papas o un Tijuana mix.
Los nombres de los platos te van a dar igual. Pero bueno, por afán divulgativo, te digo que lo primero que pedimos se llamaba ttekobokki, y que son como cilindritos de arroz.
¿Sabes a qué se parecen realmente? A los gnocchis.
La textura esa gomosita suave es completamente de gnocchi, solo que en forma de dedo. La salsa es una especie de de tomate picante, con matices asiáticos (yo te cuelo esto aquí, y ya tú te imaginas lo que quieras).
Por encima lleva medio huevo duro, y unos chips de cebolla frita, que le dan cierto rollete por la textura.

También pedimos un cuenco de arroz blanco, que nos sirve para pegar el vuelque cuando solo queda salsa, y arramblar. Es potente y gracioso, pero a nivel sabor, el arroz no tiene mucho punch.
Después, los clásicos elásticos bombásticos fantásticos fideos de boniato. Los buchu japchae. Estos están en todos los coreanos, son un plato base.
De hecho, ahora que hablamos de clásicos, fíjate que aquí no tienes ni bibimbap, ni pollo frito, ni las tortitas esas de kimchi. Está bien que prueben cosas nuevas, otro punto molón.
Este plato creo que está desde el principio. Lleva tortilla, setas, zanahoria y cebolleta de esta china, que Gipsy Chef se la mete a todo, y yo no la encuentro ni peinando fruterías en una batida con perros.
Los fideos van bañados en una salsita con reminiscencias asiáticas (jajaja, y van dos, de looocoss).
Son acojonantes, puede que te recuerden levemente, así a lo lejos a unos fideos fritos con ternera, pero no, estos son mucho más jugosones y tienen solo verdura. Dales un taste.

Dumplings, de cerdo con kimchi, y de cerdo con gamba.
Locurote, me recuerdan a las mejores gyozas del mundo, que son las del M2M Noodles. Casi tienen más de canelón que de dumpling.
Hablamos de un relleno generoso, un buen troncho de carne picada, con tremendo gambón atravesado.

¿Ves la cobertura?
No es uno de esos dumplings-empanadilla con mucha masa y poco relleno, estos llevan una envoltura de pasta que parece una sabanita de seda que se ha puesto la gamba porque tenía frío.
La carne está jugosa especiada. Vienen en una vaporera de dos alturas. Están muy buenas.
Joder, me está gustando todo.
Las de cerdo son más particulares. El kimchi es un sabor, que a mí me mola todo, pero que entiendo que no es para todos los públicos.
Vale, pongamos que tuviéramos que compararlo con un encurtido.
Un encurtido es Manu Carrasco, fácil, te pega en muchos sitios, fresquito, no ofende, público amplio…
Pues el kimchi es Nick Cave. Es una movida que se hace en tarros cerrados, pica, es ácido, parece (creo que esto lo he dicho alguna vez ya, no sé, digo tantas mierdas) una compresa usada, es minoritario, pero adictivo.
Los dumplings llevan el cerdo picado de antes, y esto. Yo, tranquilamente, me podría cenar vaporeras de estas una detrás de otra hasta que se cansaran de sacármelas.

Y aquí, amigos, llegamos a la movida máxima.
El ganjang suyuk con bossam kimchi. La panceta máxima. The pancetest.
Aparentemente el plato no tiene nada, pero la combinación de productos y la forma de tratarlos son muy la hostia.
El plato consiste en trozos de panceta guisada a base de magia y alegría, para conseguir que la grasa sea prácticamente untable.
Después tienes un poquito de kimchi, una salsa parecida al hoisin, y hojas de lechuga para hacer barquita. Bricolaje puro. Todo se pone a la vez encima de la lechuga y se come.
Buah, nano.
Claro que sí. Esta panceta merece peregrinación. Se deshace, se funde en la boca junto con la salsa.
Me pillo otro tozo y mi aorta me mira como el meme este del árabe calvo con los brazos en jarras.
La salsa parece algo más dulce que la hoisin, fantaseo seriamente con un bocata de esto, con bien de salsa y la panceta tal vez planchadita, o no, no sé, no pienso con claridad.
La carne está tan acojonantemente buena porque la hierven con salsa de soja y mirin, y eso le pone el umami a la altura del Meteosat, y el kimchi es de nabo.
Es un Golden Okey.

¿Postre? No señor. Solo hay mousse de chocolate, y mousse de té matcha. No me van mucho.
La cuenta.
Ah, recientemente me han escrito un par de personas con el ya clásico «ni si dindi vis i cinir, pirqui is impisibli silir i minis di vinticinqui». Pues toma, bum. 77 pavos, con botella de vino. Ni a 20 euros por persona.

La primera vez que fui, me encantó, pero es que según he ido yendo, no ha perdido nada, no ha bajado.
Esto es un Tope de Okey. Revisitado, sí, no es nuevo, todo el mundo lo conoce, pero me funciona tan bien…
Taula de Yoon, chavales.
Goza de amplio aparcamiento.