La primera vez que fui al Bar Mistela flipé con muchas cosas. Flipé con el concepto de bar de siempre, pero con un twist de siglo XXI, flipé con la combinación de morro en el plato y decoración Saona en las paredes, pero sobre todo flipé con las bravas. Recuerdo que pensé… aquí estabais, hijas de puta. Es más complicado encontrar unas bravas buenas que limpiarse el culo con confeti. El 95% de las bravas de valencia son patatas fritas (en muchos casos congeladas) con un pegote de alioli y pimentón, cuando no con mayonesa y salsa brava de bote ¿Y sabes a dónde nos lleva eso? A la aceptación por repetición, que es un tema que a mí me gusta mucho.
Desde prácticamente el big bang, hemos aceptado que las mejores bravas de Valencia son las del Ricardo, y nano, no. Ni las mejores bravas son las de Ricardo, ni la mejor horchata está en Daniel, ni la mejor paella es la de La Pepica, ni el PSOE es un partido de izquierdas. Y eso es así porque… tacháaaan… NO hay unas mejores bravas, porque el gusto es subjetivo, amigos.
Las de Ricardo son unas muy buenas bravas pero, para mí, se les va la mano con el aceitarro. Además, desde hace poco adelantando por la derecha vienen casa Amparín, Anyora y otros muchos sitios que tambalean los cimientos de lo que creíamos cierto e inamovible.
Bueno, toda esta turra para deciros que a tope con la visión periférica, abramos la mente y derroquemos esa JET SET de platos absolutos que ha habido siempre, y nos montemos una rave.
Bar Mistela.

Estuvimos intentando reservar varios días. Cada vez que llamas, un molestísimo contestador te dice que te van a atender, cosa que a veces pasa, y otras muchas, misteriosamente, se cuelga solo.
Cuando conseguimos reservar, nos dan a elegir entre los TRES turnos que tienen por la noche. ¿Te daban por culo los dos turnos? Bienvenido a este nuevo concepto.

Pero nano, es que a pesar de esto, consiguen caerte bien. Llegas, te sientan, te escaneas el QR con la carta, y ves que efectivamente es un menú de bar, PERO.
Para empezar pedimos unas cerves y un verdejo. Primer indicio de que esto mola: a los pocos segundos de pedir, un camarero sale de la nada, se dirige a la chica de la barra y le dice… no le pongas el vino. Entonces se gira hacia nuestra mesa y dice: «Ese verdejo es asqueroso». Voy a ponerte un merlot. ¿Qué me cuentas, nano? Ese es el equivalente enológico a alejarse de una explosión sin mirarla poniéndose unas gafas de sol.
Lo primero, llegan las albóndigas de vaca vieja en una bandejita de metal. Brutales, con una salsa reducida espesa que te pega los labios. La albóndiga jugosa, se deshace, pero con ese toque más correoso que tiene la vaca vintage. Patatas fritas caseras. Un puntazo.

Luego llegan las croquetas de jamón y las de bogavante. Dorado correcto, abundancia de rebozado exterior en las de jamón, más crujientor que bechamel, más comunes. Las de bogavante me supieron un poco a pussy, pero tampoco estaban mal. Croqueta marina.

Luego pedimos dos molletes, uno de pulled pork, y uno de pastrami. Desiguales, el de pulled pork estaba realmente bueno, mezcla abundante, pan blandito, todo okey. El de pastrami, sin embargo, llevaba un despropósito de salsa tártara, y un par de lonchitas de pastrami, finas como un Durex sensitive. La salsa se lo comía todo, y el prota debía haber sido el pastrami.

Bueno, y llegan las bravas. Si tuviera que hacer un equipo de bravas de Valencia, estas serían el delantero centro. Para empezar, vienen integradas en la salsa, no con un pegote de salsa al lado, no con la salsa en un puto zigzag por encima, vienen bañadas en esa movida. La salsa sabe a ahumado, a pimentón, a casero. El ajoaceite fluye sutil por encima como una nebulosa jade, y tampoco te creas que van flojas de aceite, pero nano, juegan en primera.

Luego probamos las puntillas con pisto picantito. Este plato es un poco más fail por dos cosas. El pisto reblandece el rebozado de la puntilla, que se desprende y queda como poco molante. Y picantito, bueno, nosotros no se lo pillamos, pero a mí es que a nivel picante lo que me gusta es que me coma el tigre mis carnes morenas, y cualquier cosa por debajo de la cayena no me estimula.

Nos habíamos quedado con un poco de gusa, así que decidimos dejarnos aconsejar por el camarero del principio, que nos recomendó la costilla. También nos recomendó un vino por copas, añada 2014, que se llama Aster, y que me pareció correcto porque es el vino que te pides cuando ASTER minado de cenar.
Total, que seguimos a la nuestra, hablando del documental este de Jeffrey Epstein que hay en Netflix, que era más guarro que una obra, cuando aparece la costilla. Y qué costilla nano, aquello parece una caja de zapatos. Tiene una pinta acojonante, y está servida sobre un puré de patata que invita al suque más extremo. Así que cojo el cuchillo de trinchar, le meto viaje, y… ooooh, helada por dentro.


En cierto modo es comprensible, porque era realmente gruesa. El camarero que sabe de vinos se la lleva, y al cabo de unos minutos vuelve con un pinchito de tortilla y un pisto con yema de huevo para que tengamos algo para picar durante la espera. Detallazo.


Finalmente, llega la costilla 2 (ahora en dolby surround). Menos tocha que la de antes, pero más larga. Esta vez sí es lo que esperábamos, una costillaca lacada en su jugo, tierna y bien cocinada.

Y oye, estábamos a gustito y nos quisimos permitir un postre. Nos propusieron chocolate, queso o banoffee, y nos decidimos por la tarta de queso. La verdad, acierto. La tarta para empezar no lleva ni galleta ni arándanos ni hostias, es 100% queso. Además tiene ese punto como saladito que me turboflipa en las tartas de queso. Textura perfecta, frescor, sonrisas de bebé foca. Segunda tarta de queso favorita post Garatge.

Cosas que me llamaron la atención. Los platos salían como si fuera un restaurante chino. Incluso los que llevaban más elaboración salían a una velocidad, que parecía que en cocina estuvieran los tipos que les cambian las ruedas a los fórmula 1. Y luego, el precio. Para la barbaridad que comimos, ¿a cuánto dices que salimos?
83,80 pavos entre 4. A 21 por persona.

Bueno, nano, espectacular. Funcional, amables, todo rico, nada que objetar, excepto que la carta tiene pocas cosas que no puedas encontrar en cualquier bar potente.
Se lleva un okey alto y mi amor por sus bravas. Este sitio es un referente para Benicalap, que es un poco donde acaba la tierra y el mar es una catarata.
Goza de amplio aparcamiento.
Comments (3)
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