He tenido una pequeña revelación.
Por una política mental mía, nunca publico dos reseñas del mismo restaurante.
Ya sabes, se supone que no hay que volver a donde has sido feliz, y joder, si tuviera que volver a todos, tampoco avanzaría con los nuevos.
Pero, ¿sabes qué pasa?
Que a veces paso por delante de locales bastante míticos que han cambiado la carta, o llevan otro rollo, o directamente se han quedado muy muy atrás en las entradas del blog.
Total, que la otra noche me desperté bruscamente, entre sudores y gritando:
— ¡YEAH! ¡¡VERMÚDEZ!!
— ¿Eh? ¿Qué? ¿Qué pasa?
— Tranquila, Lola Índigo, vuelve a dormirte, es una idea que he tenido.
Y eso. Que me voy a dejar llevar un poquito, y a lo mejor reviso alguna entrada antigua. Hoy, por ejemplo.
Vermúdez ha pegado un cambio brutal.
Nunca ha sido un sitio pequeño y casero, cuando estaba al lado del Flash ya era un buen mastodonte.
Barra grande, interior grande, terraza grande, siempre lleno, mucho de todo. Pero claro, ahora flipas.
Está encima del XL, y es lo que era el Mercado de San Valero. Ahí puedes hacer tranquilamente carreras de karts.

A mí me pasa que me cuesta encontrar magia en los sitios grandes. Tal vez, exceptuando Petraher y poco más, cuando entro en restaurantes tipo hangar, me vienen a la cabeza cocinas de cuartel militar, muy masivas, con ollas muy grandes y muy impersonal todo.
Está bastante lleno para ser un día entre semana. Una camarera nos sienta, y al momento aparece otro, con una carta.
— Hola. Os dejo por aquí la carta de cócteles.
Oh, fuck. Tiene LUZ dentro, como si fuera el libro mágico de Bastian en La Historia Interminable.

Al abrirla, las dos páginas con los cócteles se iluminan.
Golpe de efecto buenísimo, me convierto en una polilla mirando fijamente la bombilla, en un conejo cuando le dan las luces largas.
No soy nada fan de cenar con cócteles, porque suelen pegar en dulce, son bastante caros y demasiado alcohólicos. Ahora bien, luego me voy a joder uno, pero vamos, eso te lo digo yo ya.
La carta parece más común que la del anterior. No están las gambas, ni mis adorados torreznos de pulpo (siempre se van los mejores).
Anchoas, gildas, queso, jamón…
Hommmmbre nano, una buena burrata, claro que sí. Ya era hora de que alguien la pusiera en carta, además seguida de una ensalada de tomate con ventresca.
No sé yo si el público va a aceptar estas locas innovaciones experimentales.
Nada, pues bien. Voy a intentar pedir lo que más me llame la atención, evitando lo crudo, porque esta noche viene una pareja de amigos, y ella lleva tremendo bombo.
Para compensarlo, se pide un appletini, de la sección de cócteles inofensivos.
Vamos, va. Ensaladilla.
Tarda muy poco en llegar. Durante el resto de la cena, veo que salen varios cientos de la cocina. Sin duda es un plato exitoso.
A ver…
Coño, que buena está.
Creo que es el sabor a ensaladilla que he buscado toda mi vida. Está presentada como si fuera un cucharazo puesto en el plato a mala hostia.
Tiene un puntito como a aceituna, que no sé si será del propio aceite. Atún, zanahoria rallada, huevo picadito, mayonesa, cebollino, y crackers finos de pan clavados arriba como banderillas.
De verdad que tiene un sabor muy ideal, es como tiene que saber una ensaladilla rusa en mi cabeza.

Albóndigas al vermut. Plato muy Ultramarinos Huerta.
Cinco albondigas, patatas cortadas a daditos y un salsote denso en la base.
La salsa deja el final ese dulce del vermut, y la albóndiga mola porque tiene personalidad.
Es densa, es una albóndiga cinmeria, sabe que cuando me la coma, Crom le preguntará por el secreto del acero y si no lo conoce, se reirá de ella, así que se ha puesto bien prieta.

Creía que esto iba a ser lo mejor de la noche, pero queda peli todavía. A todo esto, vamos alternando dobles de cerveza, copas de vino, agua, y todo ello provisto por un camarero que me llama constantemente «capitán».
Gambas de cristal con huevos fritos al ajillo ibérico.
Lo del ajillo ibérico me suena a sacada de polla ante el acantilado, así que le pregunto a la camarera de qué va eso. Me dice que en lugar de freir los ajos en aceite de oliva, lo hacen con grasa de jamón.
Me parece genial.
Probemos.
El plato lleva unas microgambas, rebozadas sobre dos huevos fritos.
Oh, espectáculo. El rebozado es crujiente, pero no aceitoso.
Las gambas no pinchan nada. Hay veces que cuando comes trastos de estos fritos, acabas con la lengua como un alfiletero por culpa de los bigotes y las patas, pero nada.
Todo bien, todo fluido. El huevo se suca con untuosa sensualidad, y todo funciona en conjunto.

Canelón de vaca madurada y trufa blanca.
Mira, esto, a pesar de estar bueno, porque está bueno, me dió un poco más igual.
La trufa no se la pillo, y parece un canelón como de carrillera normal. Los matices de la vaca madurada se me pierden también.
Es una bechamel,es… Se parece mucho a muchas cosas. Te has lo has comido 40 veces en 40 sitios distintos. Así que bueno. 41.

Bandejita de lagarto ibérico. Pues sencillo, pero rico.
La carne está tierna y jugosona. El lagarto es un corte del cerdo que está entre el solomillo y la pluma, y que pesar del nombre horrible, está bastante bueno.
Las patatas son caseras y abundantes, y luego lleva unos pimientos de padrón, que bueno, están ahí.
¿Un chimichurri tal vez? ¿Cómo le hubiera venido? La carne sabe un poco a brasita, a churruscadito.

Por supuesto, rematamos con la tarta de queso semilíquida.
Buah, me caguen la puta, está de locos.
La textura es perfecta, el punto salado es perfecto, incluso me parece bien que la saquen fresca. Si la llegan a sacar un poco calentita igual hubiéramos tenido amor sobre la mesa.
Hay un puntito mantequilloso un poco al fondo que meh, y la base de galleta tampoco me dice nada, pero es claramente… Un nueve.
Es un nueve en la escala Cheesecakenberg, del instituto de tartología aplicada de Boston (Massachussets).
No toquéis ni un pelo de esta receta. Fíjate como la punta está ahí, relax, fundida sobre el plato, como un moco.

Te la puedes comer inclinando el plato y dejándola gotear sobre tu frente. Maravillosa.
¿Cuenta? 88,20 pavetes entre 4. A 22 y poco por persona.

Breve inciso para comentaros lo de la zona de cócteles.
Al fondo, tras una cortina, hay un saloncito, con varias mesas y unos reservados muy gansos con luces de colores y nombres de cóctel sobre la puerta.
Ahí puedes cerrarte la cortina y cometer actos impuros, o beber sin cometer nada. Es un poco el lugar donde la chica mala de la que se enamora el detective estaría cantando jazz, así de oscuro y sensual.

Nosotros nos pillamos uno de los reservados y nos hicimos unos cócteles.

El Gin mule, que es un moscow mule con ginebra; el Vermúdez, que es un vermut con campari, que está amarguísimo, pero que me mola a topor; y otro que sabía a piruleta y medicamento, que tenía nombre japonés.
Es una manera de puta madre de acabar la noche.

Vale, entonces… ¿Que pasa aquí?
Creo que Vermúdez, es un sitio muy guay, mucho.
La carta ha perdido originalidad, cierto, pero los platos que hacen, los hacen muy bien. Todo está bueno, sale rápido, y es barato.
Puedes ir tranquilamente a cenar e incluso recomendárselo a un colega sin miedo a que deje de hablarte. Ha perdido un poquito de esencia, es mucho menos íntimo, aunque bueno, también tienes lo de los cócteles, que eso siempre suma.
Creo que si hubiera ido anoche por primera vez, le daría un Okey Alto. Igual no llegaría al tope, porque no le veo yo un plato que digas… oh, esta movida es impresionante y es solo tuya, como pasaba con los torreznos, pero… Me habría impresionado.
Bueno, probadlo y ya opinais vosotros.
Goza de amplio aparcamiento.
Comment (1)
Olga
Muy fan, fuimos ayer y cayeron unas bravas, las albóndigas, el canelón y la tarta de tiramisú al Baileys. Digestión gozosa donde las haya, no conocía el sitio y gracias a tus recomendaciones ya no hago dieta, xD. Volveremos.