Llevo siete días de los cojones sin cenar fuera de casa.
El delivery debería servir de metadona, pero en realidad es como Champín para un alcohólico. Necesito terrazas, camareros, escanear QR, pedir la cuenta, mirar a la gente de las mesas de al lado y, sobre todo, descubrir sitios nuevos. Me he pasado Netflix, he hecho todo el yoga, y ayer me llamaron de Silicon Valley diciendo que no les queda más porno en internet, que rodarán más la semana que viene.
Mientras el laboratorio analizaba mi último test, yo ya estaba haciéndome el nudo de la corbata frente al espejo. Me coloco mis gemelos en forma de torrezno y ajusto el chaleco de mi Hackett gris de tres piezas.
RIIIING
— ¿Sí?
— Señor, tenemos el resultado, es usted negativo. Puede volver a cenar fuera.
— Gracias, Meredith. Mándame el helicóptero y tómate el resto del día libre.
— Lo tiene en el helipuerto esperándole, señor.
Pues allá voy. No es fácil encontrar sitios abiertos un lunes. La taberna Tao Tao, en Ruzafa, es uno de esos pocos que te dan bola en una noche tan ingrata.

Es una taberna asiática, así de genérico, abarca los 48,5 millones de kilómetros de superficie de Asia. El interior está calentito, alegremente iluminado y huele bien.

Cuando llegamos, una camarera genéricamente asiática nos dirige a nuestra genéricamente asiática mesa. Mientras escaneamos, nos trae un cuenquito con nabo y zanahoria encurtida, unos mini bocabits de glutamato y unos dobles. Se escucha que en la cocina empiezan a saltear algo y a darle caña a los fuegos.

Le hacemos la comanda. Un par de mesas llegan y se sientan lo más lejos que pueden, por aquello de la distancia social. Lo primero que pedimos es Tsukune.

Yo no tenía ni idea de lo que era esto. Son unas mini hamburguesitas de cerdo a la plancha, con puerro, miso y salsa teriyaki. Tienen un toquecito picante y una textura muy suave. El dulce del teriyaki no se nota demasiado y están bien rebozaditas en sésamo. Me gustan, se las compro. Además vienen seis, ración generosa. Esto en bocata te arregla un almuerzo, es como un figatell chino.
Por cierto, supongo que no será así siempre, pero los tiempos de espera entre los primeros platos fueron absurdos. Había solo una persona en cocina para todo el restaurante y entiendo que no esperaban tantas mesas (éramos cuatro), pero me hubiera dado tiempo a darme de baja en Vodafone tartamudeando.
Llega el tataki de atún. Bueno pero corriente, hemos llegado a un punto ya en el que los tartares y los tatakis son como las bravas y los calamares. Así que nada, centro crudito, exterior planchado, sésamo, y a correr. Viene con soja y un wasabi muy cremoso que no parecía el Licor del Polo ese que te ponen normalmente por ahí. Tataki normalero.

Vamos con el okonomiyaki: esta mierda es muy molona. ¿Es una pizza? ¿Es una tortilla? No, es una masa hecha con repollo, harina y agua, a la que le ponen encima todo lo que se les ocurre. Si la hiciera yo con lo que tengo en la nevera, llevaría un limón, medio aguacate negro como mi alma y ketchup caducado. Pero esta gente viene más preparada y lleva gambas, bacon y verduritas. Luego le ponen un chorrete de mayonesa, otro chorrete de lo que parece teriyaki, o barbacoa o algo así, y lo espolvorean con katsuobushi (que son los papeles de fumar estos de atún que se los pones por encima a las cosas y se mueven). Muy sabroso, muy contundente, mucha tralla de plato, la textura es como de masa a medio cocer. Para gente con hambre.

El arroz de la casa lleva huevo, gambas, pavo y verduras. Está salteado con la salsa, recuerda mucho al clásico tres delicias, es como un tres delicias 2.0. Sabe un poco a eso. Guisantes, zanahoria, algún tipo como de embutido o algo así, y una salsita glutamatosa, que puede ser soja o teriyaki, one more time. Está rico, el arroz va sueltecito, no estobao. Llegados a este punto sentimos que nos hemos pasado pidiendo.

Por cierto, alguien tendría que decirle a los restaurantes asiáticos que las copas de vino no se sirven hasta el borde, porque arrean unos lingotazos que se quedan nuevos. Pero bueno, a quién quiero engañar, nos viene de puta madre. Mantengamos el secreto.
Terminamos con un ramen, por curiosidad y because hace frío. El caldo está sabrosote, aunque más claro de lo que suele ser en un ramen. También tiene un punto tostadito, algo pasado de sal y le noto un fondo picante. El huevo es un huevo duro normal, no macerado. Lleva seta shiitake, algas y noodles rizados, además juraría que la carne no era panceta. Te traen unos cuenquitos para que puedas dividirlo, porque, aceptémoslo, el ramen es muy poco compartible si no quieres mucho mucho a la otra persona.

Pues nano, pasándonos y todo, yendo a tutti, y con dobles y vino y tal, el precio de la Taberna Tao Tao se nos quedó en 60,20€. Apenas 20 pavos por persona. Me parece un buen sitio, se ve casero todo y está bueno. Creo que a nivel variedad de carta, tiene un poco lo mismo de siempre, que si sushi, gyozas, yakisoba, la luz, el agua, el gas, ya sabes… pero bueno.

Vamos a darle un Okey a este sitio, y vamos a dejar que nos orientalice los lunes. Por cierto, lo he buscado y no sé lo que significa «Tao Tao». Cisne que vuela, por ejemplo.
Estoy back in the game, chavales.
Goza de amplio aparcamiento.