La Malaquita es un clásico de la calle Turia. Al lado de La Greta, enfrente de Bocátame. No te sé decir muy bien qué rollo de cocina llevan, pero bueno, te hacen hummus, lasaña y dorada a la sal. Además, puedes tomarte una Turia, en la calle Turia, que es una de esas cosas que hacen que el universo esté contento. Tienen un hashtag que es #conamortodoelrato, lo que ya me predispone a algo caserito y que me guste un poco.

Esta noche he quedado con dos amigas MILS (Mothers I’d Like to Salir a Cenar With), que han encontrado un hueco entre toma y toma para redescubrir el placer de cenar sin carritos en una terraza. Aparece la primera por la esquina.
— Hey, ¿qué pasa chica? ¿Prefieres terraza o den…?
— ¡¡Un martini, rápido, blanco!! ¡Ponle mucho alcohol!
— Terraza pues.

Primer vistazo a la carta (no QR, carta física, guapa ahí, que tú puedes tocar). Dos lasañas, unos ravioli, pato, ensaladas, carpaccios, bravas… vale, más de aquí que de allí, correcto.

Empezamos con el hummus con carne. Es curioso, bastante más líquido y suave que otros que he probado. En el centro del plato lleva un montoncito de carne picada, con rollo árabe, comino, especias y esas movaidas. Rematan con unos brotecitos y unos nachos aparentemente caseros. Bastante bien, funcional como entrante, potente de sabor.

Seguimos con unos rollitos de berenjena a la plancha con jamón, búfala y rúcula. Llevan como una vinagreta fresca por encima, y la mozzarella sí que tiene un puntito bufaloso. Es un intermedio entre lo healthy y lo gocho que me mola bastante. La berenjena está bien cocida, no parece que muerdas una puta esponja. ¿Y esto con un pesto cómo estaría?

Miro un poco hacia el interior. La decoración es… ¿cabaretera? No, no creo que esa sea la palabra. Hay bolsos colgados por las paredes, lámparas de flecos, sillas blancas como de patio andaluz.
— ¿Pedimos un vino?
— ¡Más Martini! ¡Más alcohol!
— ¡Maternidad responsableeeeee! —gritaba una mientras quemaba por debajo su chino de crack.
— Bien, entonces una copita suelta para mí.
Las croquetas no nos gustaron, no valían mucho, sáltatelas. No saben a cocido y están un pelín ácidas. Supongo que habrán conocido días mejores, pero no nos terminaron a ninguno. Next.

La lasaña en cambio, oye, un acierto. Alguien la definió con un “tiene la suavidad de Mimosín haciéndote una paja”, y sé que todo apunta a mí, pero no fui yo. La gente ya no respeta nada. Hablamos de una boloñesa de pollo cerdo y ternera con parmesano. Sabe a restaurante italiano bueno. Lleva un gratinazo por encima que imagino será mozzarella. Sale ardiendo. Predominan sobre todo la pasta y el tomate.

Pedimos luego unas costillas a la miel, que estaban acojonantes. La salsita debe llevar también algo de soja, creo yo. Carne tierna que se separa del hueso. Creo que le falta algo para empapar la salsa, un acompañamiento. ¿Un arroz? No sé, o patatas o algo. Está dulce, está salado, espeso, con textura prácticamente de carrillera. Todo okey.

De postre, vamos directamente hacia la tarta de chocolate. Tienen otra de queso y otra de zanahoria, pero la posibilidad de algo mucho más cerdo siempre es una motivación.

Sopita de chocolate por debajo, viruta de chocolate por arriba. En el centro, algo que no es un bizcocho, pero tampoco un brownie ni una mousse, sino que es un nuevo elemento de la tabla periódica, también de chocolate, para que no te pierdas en los matices. No excesivamente dulce.
El precio de La Malaquita: al final la cuenta sale a 62,60€ entre tres, con la sensación de que nos hemos pasado pidiendo. A 21 pavetes por persona.

Muy bien, nano. Una relación calidad-precio muy buena. Me ha faltado un poco de jugueteo en la carta, pero te saca de un apuro.
Veo como las MILS se alejan, despidiéndose con la mano, habiendo disfrutado de su merecida dosis de alcohol y libertad.
— Llámanos cuando quieras para cenar, que sabes que no nos cuesta nada.
— ¡¡Método Estivillllllll!! —grita la otra mientras lanza un cóctel Molotov a un escaparate.
Sitio Okey.
Goza de amplio aparcamiento.