Chavales, anoche cené en el Living Bakkali.
Es un local bastante nuevo que han abierto al lado del Tonyina. Es imposible que no lo veáis, porque la entrada y la decoración llaman la atención como un albino en Senegal. Cuando pasas por delante no puedes evitar echarle una mirada, todo está pensadísimo para que sea el próximo restaurante favorito de Instagram.

Se supone que lo que pretenden es que cuando entres, te sientas en algún tipo de entorno desértico, y la verdad es que está muy conseguido. Lleva un rollo Dune, Tatooine. Los colores, las cortinas, las macetas con espigas de trigo seco, todo está guapísimo. Hasta los camareros llevan unos pijamas beige como de masajista de spa que te ayudan a entrar en ambiente.
De hecho, cuando entramos, había varias mesas fumando putas sishas. Que digo yo… ¿será necesario cenar pegándole caladas a las mierdas esas? ¿Tengo yo que cenar oliendo a chicle de melón y a derrota? En fin.

Bueno, todo el rollo desértico que se traen, desaparece en cuanto te sientas. Por dos razones:
Una, tienen puesta música radioformulera y chill out. En nuestros primeros 5 minutos sonaron The Business de Tiësto y Dancing in the Moonlight.
Dos, la carta no tiene nada que ver con la decoración. Hay baos, tartares, cochinitas pibiles, y cualquier cosa que puedas encontrarte en un Saona, pero la comida no va con el rollo.

Empezamos pidiendo unas croquetas y unos baos.
Bueno.
Que conste que esto es solo mi opinión de todo a cien, pero por el tipo de carta, los walkies de los camareros, y la velocidad con la que salían las cosas, me juego comerle el culo a un mono que este sitio es un quintagamazo de manual.
Dicho esto, las croquetas eran de cecina e idiazabal, y vienen recubiertas en panko. Los baos eran de steak tartar y de papada con salsa hoisin. La gracia es que el panecillo lleva un agujero en la parte superior, y es donde ponen la yema del tartar y la salsa de la papada. Aparentemente buenos, mis colegas los apreciaron.



Yo no caté ni los baos ni las croquetas porque decidí ir a por el corneto pibil, con salsa de mango habanero.
Hablamos de un cucurucho de masa frita, que rellenan con cochinita pibil, y al que le ponen una gotita de salsa de mango con cebolla encurtida por encima. La salsa desaparece, no pica, no hay habanero presente. La cochinita está buena pero un poco pastosa, viene muy bañada en salsa. Excesivamente dulce y sin todo ese cilantro y esa lima que le dan frescor a la cochinita.

Después nos llega la causa Lima-Kioto, que es básicamente sepia en daditos, con patata y mayonesa japonesa, un pelín más dulce. Está rica, y de hecho se nota que el picante es de ají. Esta vez sí tiene su cosita de lima al fondo, y unas huevas por encima que igual se pasan de sabor a pescado, pero es un plato guay en general. Sin fuegos artificiales.

Vamos con la coca al pesto verde. Sobre una masita de coca meten olivada, tomate seco, speck y mozzarella. Lo más presente es el amargor fresco de la oliva negra. Después, te encuentras con golpecitos salados que te da el speck, y que si no sabes lo que es, vas a pensar que es bacon normal. También bien. La mozzarella es de vaca, y me atrevería a decir que malucha. Lo terminan con rúcula, porque mira, porque es verde.

La ensalada Oliver es «su versión de la ensaladilla rusa con crocante y huevo de codorniz». Bueno, pues lo que es la ensaladilla en sí, lleva patata, mayonesa y huevo duro, nada de atún, nada de zanahoria. El crocante es un frisbi de masa frita que le ponen por encima para que tú lo rompas, con dos huevos de codorniz que te van a dar igual porque la yema llega cuajada. No sé. Es curioso, no está malo, tampoco te diría que fueras adrede a probarlo. Entiendo que al romper la masa, el crujiente ese hojaldroso, sustituye a los clásicos saladitos. Meh. Muy poco punch.

Una cosa buena es que siendo raciones pequeñas y baratas puedes pedirte casi toda la carta. Nosotros seguimos con la tortilla ibérica que, según la carta, termina de cuajarse en tu mesa. Pues una polla para nosotros, porque la nuestra llegó completamente cuajada. En una sartén caliente echan una base de huevo batido, y ponen cuatro lonchas de jamón ibérico, y cuatro trozos de pan con tomate. Pfff… bien. Qué quieres que te diga.

Terminamos el round salado con la costilla de cerdo Duroc, cocinada 12 horas y macerada en su salsa living.
A ver, el cerdo será Duroc, y la cocinarás las horas que te salgan de los cojones, y la macerarás con su padre en moto, pero esas costillas saben a Foster’s que tira para atrás. Tienen un azucarazo y una salsa barbacoa encima, que me lleva directamente a eso, a cena de clase en el Hollywood de Artes Gráficas. Están tiernas, es lo positivo que te puedo sacar. De hecho, tienen un regustillo al final a salchicha de Oscar Mayer.

Yo en este punto de la cena ya tenía mi veredicto hecho. Aún así, quisimos probar los postres, que según ellos son «caseros» pero se los hacen en «el obrador».
Pedimos la torrija y la tarta de queso.
La torrija es un boloncho de masa de croissant que te llega flotando en una cazuelita de canela y leche. Entonces el camarero la saca, la abre con una cuchara y un tenedor, y mete dentro una bola de helado de lo que parece ser leche merengada o algo así. Muy rica.

La tarta de queso, en cambio, es una… no sé… es como un phoskito. Tiene forma de disco de hockey, y lo bañan como en chocolate blanco, que al hacerse sólido, crea una corteza, sobre la que, por algún motivo, pintan una cruz de Santiago. Súper desértico todo. Además la sirven con pan tostado. Olvidable.

Mira, es que lo sé, es que lo veo, canta la gallina muchísimo.
Toda la decoración, los pinganillos de los camareros, las frases motivacionales de mierda en la carta («¿Y si viajamos a un lugar al que volver?» ¿Pero qué cojones dices, nano? ¿Qué mamonadas de Jorge Bucay me estás contando?). Este lugar es una máquina sin alma, pensada para que vayas a hacerte la foto. Nadie va a hacer la compra a un mercado, nadie te modifica un plato al gusto, toda la comida sale volada, en veinte minutos teníamos todos los platos ya en la mesa.
Y sobre el precio del Living Bakkali: La cuenta nos salió a 110,80 entre 5, que son 22,20 por cabeza.

No me gustó.
No había nada malo, pero por ningún plato volvería. Lo de las sishas me parece un tsunami de estiércol, y no entiendo todo ese despliegue de atrezzo, para que luego no haya una historia detrás.
Yo le iba a dar el No Okey, pero mira, como igual te saca de un apuro, le doy el Okey si pasas por allí, pero es un okey a la belleza muerta por dentro.
Goza de amplio aparcamiento.
Comments (4)
Ricardo Ramos
Si después de la valoración de los platos, de no catar x miedo hasta las croquetas y el precio le das un ok, es que o es amigacho o bebiste demasiado.
Neo
Totalmente de acuerdo.
Un «Instagram-Restaurant» más del palo (que hará las delicias de toda adolescente que decida dejarse alli la paga :)), pero «vacío» por dentro, sin algo suficientemente bueno y coherente detrás que respalde y de sentido a tal intento de «puesta en escena» (la cual pagas de sobra con el «plus» de precio al que están los «inventos socorridos» que conforman la carta, que no estan malos pero «ni fu ni fa», y son mucho más simples de lo que quieren aparentar)
Lo dicho, no pasa nada por ir algún dia, pero pocas razones invitarán a volver por allí…
Rocio
Pesadito y delicado si te veo ,,mejor quédate en tu casa comiendo espaguetis bufff
Merche Llorens
Leí tu reseña y me caiste un poco mal, pero hoy se la he leído de nuevo a mi novio, acompañado de unas cervecitas y nos hemos partido el culo. Vamos a ir a probar, y aunque sea el típico sitio instagrameable, nos gusta ese tipo de comida y ya sabemos a lo que vamos. Un saludo y sigue comentando así.