Bueno.
Mira que yo llevo ya alguna cena a la espalda, y me las he visto en restaurantes de todos los colores, y creo que soy un tío difícil de descolocar cenalmente hablando.
He visto atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhäuser. Pero lo de ayer no me lo vi venir.
Han pasado varias horas y todavía no sé qué pensar, no tengo claro nada.
Hace unos días, alguien me habló de KōYō.

Anoche llegamos. El sitio se ve que lo han abierto hace poco, es lo que era el antiguo Pambori.
Hay una persona sola llevándolo todo, no pasa nada, así funcionaba también Cinnamon y funciona Atzucac. Tiramos para adelante.
Hay poca decoración, los botelleros están medio vacíos, y en las paredes hay solo algunos cuadros de temática japonesa.

De la cocina sale un hilo musical soul. La carta es de las más cortas que me he encontrado, tiene siete platos y un postre. Por lo que veo, parece que se trata de un sitio de fusión japo-francesa.
A priori todo bien, porque oye, es original, las cartas cortas me gustan, es un concepto nuevo, seguimos para delante con todo.

Lo primero en llegar son las tres korokke, dos de jamón y salsa, y otra de gambas.
La movida que te puede pasar aquí es que te esperes croquetas, porque lo pone en la carta, pero es que no lo son.
Las korokke japonesas tienen base de patata, no de bechamel.
Lo que me llama más la atención es que están doradas por arriba y por abajo, pero no por los lados. No están hechas en freidora, están hechas en una sartén con poco aceite.
A pesar de haber una de gamba, las tres llevan por encima una loncha de jamón.
Por dentro, la de gamba es más cremosa, las otras son mucho más terrosas.
Para que te lo imagines, es como si coges patata cocida, la machacas junto a carne picada y alguna verdura (creo que veo zanahoria), lo bolificas y lo rebozas en lo que debería ser panko, pero que yo creo que es pan rallado.
Por debajo llevan una pintadita de salsa rosa.

Seguimos con las gambas al ajillo con sake. A este plato hay que darle una vueltita.
El sake no se nota, no deja casi sabor. Le falta sal por un tubo, y debería picar más y llevar más ajo.
Supongo que han flambeado el sake, o han dejado marinar las gambas, pero es que el sake, no sé si lo habéis probado, sabe a champán desventado.
No es una cosa que te deje sabor, como el brandy, o el anís, es mucho más suave, y se pierde.
Al final son unas gambitas, con aceite, poca sal, y cierto perfumito a ajo. No sé, creo que se podría hacer de otra forma.

Después, la tortilla japonesa con toques franceses. El colega nos saca una tortilla hecha al momento, con lo que parece azafrán por encima, pero que yo espero que no lo sea, porque va caro.
Por dentro lleva queso, sabe un poco a mantequilla, y como acompañamiento, nos trae unos cuenquitos con pasta blanca.
La han pasado por la plancha, porque hay bordes que están crujientes, y lleva como un chorrete de aceite.
No entiendo el plato. No le veo el Japón aquí.
Hay un tipo de tortilla que se hace con caldo dashi y soja. ¿Será eso?
Seguramente hay sutilezas que me pierdo, pero es que me estoy comiendo una tortilla de queso con pasta blanca. ¿Pegan siquiera estas dos cosas? ¿Tengo que mezclarlas?

Berenjena asada con encurtidos.
El camarero/cocinero nos saca tres medias berenjenas, una por persona, y un cuenco con encurtidos.
La berenjena lleva por encima pipas y sésamo, y lo que parece ser una salsa dulzona de soja, que si tuviera que identificar en una rueda de reconocimiento, apostaría por teriyaki.
Me pasa como con todo hasta ahora. No veo el plato, no veo la idea.
Aquí veo juntas dos cosas un poco inconexas, que se han encontrado en la parada del bus o en la cola del cine.
O sea, sí, berenjena dulzona, encurtido ácido, pero… Habría mil formas de integrar los elementos y hacer un todo infinitamente más interesante.

Y terminamos con el “carpaccio” de piña, gambas y tomate raff. Bueno, pues…Tú dirás.
Entiendo que “carpaccio” venga entrecomillado en la carta, porque el trozo más fino del plato tiene medio dedo de grosor.
Son gambas frescas, peladas, crudas pero marinadas en lo que parece naranja, para que el ácido las haga un poco, como en los ceviches. Y luego, pues piña y tomate raff.
Es como una ensalada, pero una vez más no veo la fusión por ningún sitio, no entiendo la disposición, no entiendo nada.
Además, a las gambas les han quitado la vena central manualmente (que denota mucho mimo, no lo dudo), y se les ha quedado como unos trozos colgando muy feos.
Pero bueno, eso son tonterías, el caso es que, de todas las formas que había de mezclar esos tres ingredientes, y de todos los nombres que había para ponerle al plato, has elegido esta, y has elegido “carpaccio”.

Pedimos la cuenta, 63,80, y el cocinero nos ofrece un chupito de limoncello. No llega a 22 por persona.

A ver, no sé por dónde empezar.
La comida no está mal, la gamba es fresca, la tortilla está bien hecha, el producto está bueno, pero creo que está muy lejos de conseguir lo que se propone.
No creo que este sea un sitio de fusión japo-francesa, no le veo cocina. Todos los platos son demasiado sencillos. Tengo la sensación de que he ido a cenar a casa de un colega, que ha ido al mercado, se ha pillado unas gambas, ha planchado unas croquetas…
Por otra parte, el precio es honesto y acompaña, y el tío le pone cariño y ganas.
No sé, hay que darle sin duda una vuelta a la carta y a las elaboraciones. Molaría encontrar la manera de que los ingredientes interactúen.
Yo te digo que Okey si pasas por allí, y con esta info, tú haces lo que consideres.
Goza de amplio aparcamiento.