Xics, El Portón hace barrio.
Está en una de esas peatonales de Benimaclet, que siguen allí de cuando aquello era pueblo-pueblo. En el portal de al lado podría haber tranquilamente una abuela sentada en una silla a la fresca, y preguntándote que de quién eres.

Tanto la carta como el ambientillo tienen una familiaridad de esas de sitio cercano y facilón.
Hay barra, botellas y mesas, lo que un bar necesita. El camarero se nos acerca, somos los primeros de la noche.
— Hola, tenéis la carta en el QR de la puerta. No nos quedan croquetas de gambas al ajillo, ensaladilla, ni canelón, pero fuera de carta tengo un entrecot con parmesano, croquetas de calabaza con queso de cabra, y otra ensaladilla rara que hacemos.
— Ah, tres fuera, pero tres dentro, me gusta. Sale Busquets, pero entra Morata. Bien. Ahora te decimos.
Pedimos unas cerves y una botellita de tinto Bon Homme que tienen encima de la barra. Vamos a empezar con la ensaladilla rara.
Pues nano, un punto. Lleva patata y mayonesa, pero también tomate seco, alcaparras, y olivas negras. Lleva un chorrito verde colorido por encima que es de pesto de rúcula, y los clásicos saladitos, han sido sustituidos por un crujiente muy fino de pan.

Tiene un toque avinagrado, de la alcaparra y el tomate, pero la mayonesa lo suaviza, y el pesto refresca.
Pues bien. Muy sencillo, pero muy funcional.
Mientras llega el siguiente plato, me doy cuenta de que estamos en silencio, no hay música, ni una tele, ni nada. Como si me hubiera leído el pensamiento, el camarero pone algo en su móvil, no recuerdo lo que era, algo así de radiofórmula. Mientras, va entrando gente a cenar.
Después llega el calamar encebollado con cacau de collaret.
Aquí me esperaba otra cosa.
Tenía en mente el típico guiso chup-chup de calamar, con una cebolla prácticamente cremosa y un caldito rojizo con laurel, pero el calamar llega como enharinado y frito. No es que esté mal, pero no es un guiso, es otra cosa, y pega un poquito en aceitoso. El cacahuete efectivamente está ahí, pero no termino de verle coherencia. Tal vez picado, tal vez en una salsa tipo satay, o algo así. Bueno,es igual. Calamar con cacahuete.

Bien, sigamos. Revuelto con salsa de trufa y un poco de parmesano fundido. Está rico, pero hay que meterle I+D.
Este revuelto pide tropezón. O sea, trufa, huevo y parmesano, sí, todo encaja, todo conecta, peeeero, yo creo que se queda pobre en textura, porque al final el huevo es material blandito. La crema le da mucho sabor, pero claro, también es una crema, y el cuerpo me pide un masticar. Unas setas, unos trigueros, un algo que haga “crac”. Huevo con trufa.

Creo que lo principal del sitio, los hits, son las cocas.
Masa de pan hecha a parte, gruesa, tipo focaccia.

Pedimos tres distintas, una con crema de habas, cebolla caramelizada y longaniza (Tombet), otra con anchoas, mozzarella y cherrys (Cantábrica), y otra de verduras con mozzarella (Horta). Como la coca tiene tanta miga, podrían pasar perfectamente por bocadillos abiertos.
Longaniza, habas, cebolla y pan ¿Dónde ves el fallo? No lo tiene, no lo puede tener. Está todo pensado para encajar mágicamente.
Anchoa, queso y tomate. Lo mismo. Es un tiro a puerta vacía.
Hay un poco más de riesgo en la de verdura, porque lo que lleva es remolacha, y la remolacha no es para todos los públicos, pero vaya, aún así.
Estamos decidiéndonos por el postre, cuando sale de la cocina un tipo, que entiendo que será el cocinero, además del dueño, y se pone a charrar con las mesas. Qué tal habéis cenado, os ha gustado el vino, tal, esto, lo otro, el de la moto…
En esto que le digo:
— Pensaba que en la coca de verdura pondríais alcachofas, por ser temporada.
— Ah, no, aún no están buenas. Ahora están muy huecas todavía.
Percibo en su tono, y en la manera de mover las manos al decir “hueca”, que este hombre es un alcachofa lover. Estoy a punto de hacerle el saludo secreto de la logia cuando…
— Ahora dentro de poco empezaremos a hacer croquetas con ellas.
…
¿Cómo?
¿Croqueta de alcachofa? ¿Eso existe? ¿Qué he estado haciendo con mi vida? Colapso unos segundos. Pantallazo azul. El hombre se vuelve a meter en la cocina mientras yo sigo con la mirada perdida en el vacío.
— ¿Ha dicho croqueta de alcachofa?
— No lo sé, no lo he oído.
¿Habrá sido mi imaginación? En cualquier caso, aviso a Meredith para que reserve de nuevo en el día más frío de enero. Por si acaso.
De postres tienen farinetes y una tarta de ricotta al horno.
Les farinetes son como unas natillas hechas con harina de arroz, así que saben a arroz con leche, y a natillas. Las traen con el clásico caramelito quemado por encima. Canela, textura de moquete, lo clásico.
La tarta de ricotta está de puta madre, pero yo creo que tenían que sacarla caliente y con el centro aún baboso.
Así está buena, tiene el dulce-salado, la textura crema, se nota el horno, todo okey, pero… tenemos que empezar a investigar el mundo de la tarta caliente con centro líquido YA. Es una necesidad, aunemos fuerzas, hermanemos países, como con lo de la vacuna del Covid que decían “Alemania va a sacar una” “Francia está testando con monos”, pues lo mismo, “Bélgica ha conseguido que aguante cremosa pero consistente a 40º”. Voy a empezar a mover ficha con eso.

Termina el vino. Nada de cafés. Venga esa cuenta ahí, que yo la vea. 108,30 pavos entre 6, a 18 o por ahí por persona.
No es un sitio caro para nada.
Pues, tío… me gusta. O sea, no es un sitio de súper cocina ni nada, ni tampoco es un sitio al que vayas a venir adrede desde Mislata, pero si lo tuviera cerca de casa, yo me pasaría un par de veces al mes, así entre semana, en noches tontas a cenar y charrar con alguien bebiéndome un vino.
Creo que es un Okey, súper funcional para la contorná.
Como lo de las croquetas de alcachofa sea verdad, vamos a tener lío.
Goza de amplio aparcamiento.