Chavalada, he vuelto a recibir un soplo de Patxi Vivawalks.
Se ve que el otro día estaba por el centro, investigando una calle de esas antiguas, a ver si han puesto una catedral nueva o han descubierto ruinas o algo, y se encontró un restaurante bastante curioso.
Lo lleva un matrimonio, ella rumana, él colombiano, y le produjo tremenda fascinancia. Se llama “Las delicias de Delia”.
“Tienes que ir, la dueña es un amor, está súper escondido, la carta es muy curiosa, esto, lo otro”… Basta, me tenías con el hola. ¿Cocina rumana? Simplemente por hacer ese check vital, ya me merece la pena.
En google pone que cierran a las 22, pero digamos que es una verdad un poco elástica.

Nos plantamos allí por la noche. El sitio está vacío y sin música, pero nada más entrar, una mujer sale de detrás de la barra y nos recibe como si fuéramos un hijo militar que vuelve de la guerra a casa por navidad. Se presenta, nos presenta a su marido, y nos pregunta si alguna vez hemos probado algo de la cocina rumana. Nos dice que también suelen tener cosas colombianas, pero que hoy no les quedan. De todas formas, yo vengo a lo que vengo.

Entonces abre una carpeta, y despliega sobre la mesa unas hojas plastificadas con varias cartas, y fotos desenfocadas de algunos platos. Nos explica lo que es cada cosa, y cómo se prepara. Nosotros elegimos un poco a dedo, y pedimos agua, y un par de copas de vino rumano. Vamos a la aventura.

Lo primero en llegar son dos entrantes fríos, la ensaladilla rusa con pollo, y la… ¿Zacusca? No lo sé, no recuerdo el nombre, pero te voy a dar suficientes datos como para que la puedas pedir.
Es como una especie de pisto. El sabor recuerda a una mezcla entre el zaalouk marroquí, y un plato de lentejas. Es todo verdura, tiene un fondito picante muy curioso. Se podría entender como un guiso-paté frío muy rico. Lleva berenjena, tomate, supongo que ajo y cebolla… El pan también está bueno.

La ensaladilla no está mal, pero es menos sorprendente, porque es tal que una ensaladilla densa de las que servían aquí en los 90, antes de la revolución de las ensaladillas de autor. Dados de patata, zanahoria y guisantes, un buen cucharón de mayonesa, y pollo, que yo la verdad no lo pillé mucho. Pero el sabor es completamente ese, es la ensaladilla del bar que había en tu calle en 1992. Para nostálgicos.

Después llega la sopa. Escucha, una locura, está de puta madre. Es un plato que pide invierno, pero que anoche que lloviznaba un poco, entró como si bajara por un tobogán. Lleva dos tipos de carne, normal y ahumada. También veo flotando por ahí cilantro, patata y zanahoria.
Es un guiso de abuela que te quiere, y te quiere gordo. Tiene algo ácido al fondo, y la sirven con un plato de crema agria, por si quieres espesarla o darle un toque. Yo la prefiero sin. La mujer nos cuenta la cantidad de horas que tarda en hacerse, y la verdad es que sabe a eso, a horas.
El ahumadito de la carne queda espectacular. Creo que es el plato de debes pedir si vas.

Empiezo a estar lleno, pero en ese momento nos sacan una especie de llonganas con patatas. Una ración cañera. Muy especiadas, muy potentes, muy cárnicas. Están bastante tiernas, y si fuera el primer plato, tal vez me habría permitido hasta un bocatín con una de estas y el pisto picante. Eso no puede estar malo, eso es un Cacau d’or directo. El caso es que la carne genial, pero las patatas casi mejor.
¿Ves la foto? Pues están como te imaginas. Un poco dulces, casi untables, rustiditas por fuera. Yeah.

Durante gran parte de la cena, la dueña (entiendo que Delia) está sentada a un par de mesas de la nuestra. De vez en cuando se interesa por si estamos a gusto, nos pregunta qué es lo que nos gusta más, o nos habla de Rumanía, de su familia, o de que realmente le flipa cocinar, y que empieza todos los días a las 6 de la mañana, para que le de tiempo a montar todos los platos. También repetía mucho «Quiero que estéis como en casa».

Vamos con otra cosa que no puedo nombrar, pero que son unas hojas de repollo fermentado, tipo chucrut, del mismo tamaño que las longanizas, que llevan dentro carne picada y arroz.
Son una especie de dolmadakia, pero mucho más grandes, y mucho más del este. Saben vinagrosas, vienen con una buena y ABUNDANTE ración de polenta como acompañamiento. Es un sabor que no es para todos los públicos, eso es así. Las cosas fermentadas tienen que gustarte, no hay grises. La carne del interior, de nuevo, va poderosamente especiada. La polenta es una especie de sémola súper saciante, que le aporta un puntito neutro a la acidez de las movidas estas de repollo. También hay como dos trocitos de costilla, que no hacen nada, y no conectan con nada, pero que están ahí para ser chuperreteadas. Parecen sacadas de la olla del cocido.
No puedo más. Sé que me he hipotecado la noche, la comida me sale por los lacrimales. Me he pasado muchísimo y ya llevo un botón desabrochado. Estoy en pleno arrepentimiento, cuando de repente…
– No iréis a marcharos sin probar un postre rumano. A este os invito yo, siempre hay hueco para…
– Hosstia puta, Delia.

De la nada, a pura traición, aparece como una especie de brazo de gitano-Phoskito, cubierto de un espeso caramelazo. Es un bizcocho rulado con crema por dentro, y cubierto de chocolate.
Alzando un brazo tembloroso, pido la cuenta.
73,60 entre 3, a un poco menos de 25.
– Antes de iros, quiero que probéis este licor rumano…
– Basta, por favor, extracción de rehenes, Ben Affleck en Argo, Black Hawk derribado.
Delia nos ofrece un orujazo de 70 pedazo de grados, que nos hace cucar el ojo a lo Lina Morgan, pero también actúa de digestivo.

Bueno, mira, el sitio es un Okey, pero Delia lo catapulta inmediatamente a Okey Alto. No se puede ser más bonica, más dulce, y estar más encima. Desde la camarera del Maruxiña, no me encontraba con nadie que desprendiera tanto cariño y tanta calidez con el local y la comida.
Yo no sé si os mola este tipo de cocina, o si os viene de paso, pero si os gusta lo casero, creo que es una experiencia que tenéis que vivir. A este tipo de gente tiene que irle bien.
Okey Alto.
Goza de amplio aparcamiento.