Chavales, esta semana he recibido un par de soplos interesantes.
El otro día estoy revisado mi bandeja de entrada, con una bata de seda y escuchando “Historia de un amor” de Luz Casal, porque siempre suelo revisar el correo como si estuviera en una peli de Almodóvar, y leo así por encima…
– Hola Tipo, tatatata, nosequé, mexicano, Ruzafa, te hacen el guacamole delante, blablabla, tacos buenos, tardan muchísimo entre platos…
Vale, por partes ¿Mexicano en Ruzafa? No puedo creerlo.
Lo único que supera en número a las tiendas de ropa vintage en Ruzafa son los restaurantes mexicanos. La Llorona, La Chingada, La Mezcalería, Fonda Alacrán, Enchílame, Tecolotes, Matacruda, Demasiado Corazón, todo esto en cinco calles. Así imagino que de repente, alguien en un brainstorming diría…
– Quietos. Sé lo que hace falta en Ruzafa.
Se llama Insieme.

Está cruzando Centelles, al otro lado de la frontera. Desde la puerta solo veo paredes naranjas y luces.
¿Qué hay que hacer siempre que entras a un mexicano nuevo? Exacto, teorema Kahlo-Hoffmeyer.
A estas alturas todo el mundo debe saber de qué hablo. El teorema Kahlo-Hoffmeyer (nombrado en honor a Frida Kahlo, famoso icono cultural, y a Hoffmeyer, que es mi polla), dice que la calidad de la comida de un mexicano, es inversamente proporcional al número de guirnaldas y banderolas que hay colgadas. En este caso, un primer vistazo nos indica que hay pocas. Excepto algunos minicuadros de calaveras coloreadas, no hay más concesión al folclore, así que ok. Si el teorema funciona, la comida debería ser buena.
La carta está en los manteles, bastante extensa. Encuentro rápido la mayoría de clásicos, quesadilla, fajitas, tacos, nachos…

Hay solo dos personas llevándolo, una mujer en sala y un hombre cocinando entre ollas, todo a la vista.
Cuando pedimos las primeras cervezas (Estrella Galicia) ya empiezan a resonarme las palabras de mi informante:
– “Tardan mucho entre platos…atos…atos…atos”
Mis recuerdos tienen eco.
Al cabo de un rato larguete, pero no súper ofensivo, la camarera trae el molcajete de guacamole.
Es un mortero de piedra porosa fría, en el que hay aguacate, algo de tomate, y cebolla. En vivo y en directo, exprime un par de limas, y empieza a darle un palizón de locos con el mortero. Enseguida aquello se transforma en un guacamole canónico. Los nachos están tostaditos, parecen caseros y recién fritos.


No está nada mal. El punto de sal y de lima es perfecto. Tal vez para mi gusto, le falta picante y cilantro, pero esa es mi opinión de todo a cien. A todos nos mola bastante.
Y aquí es donde se cumplió la profecía. Durante la primera hora y cuarto que estuvimos en el restaurante, solo salieron el guacamole y las cervezas. El tiempo de espera entre el primer y el segundo plato, fue de más de media hora larga. Aquello no tiraba. Les veías hacer cosas en la cocina, sacar algo, había cervezas esperando en la barra, se les veía sufrir, era como ver a un tartamudo en una batalla de gallos, esto que dices…uyyy, el choque, el choque.
Casi a las 11, aparece la quesadilla arrachera.

Es como una tortilla del tamaño de una pizza, doblada. Ternera a la parrilla, setas salteadas, y tremendo amount of quesazo. Muy rica, muy jugosa, cárnica, rellena. Por ponerle un pero, las patatas son de estas tipo teja, congelosas que no me dicen nada, pero la quesadilla en si, está peligrosamente buena. Te llena la boca de carne y queso, muy chewy.
Después, unos tacos de pollo. A ver, están buenos, pero la tortilla no mola. Está cruda y es de harina blanca. Las tortillas de los tacos hay que tostarlas, siempre. No hace falta que sean de maíz azul, ni nixtamalizado ni sus muertos si no quieres, pero tostadas sí. Frías y crudas son mierder.

Vienen dos por ración, están rellenas de pollo, zanahoria rallada encurtida, col morada y mayonesa de jalapeño. El picor es para menores acompañados.
Terminamos con las fajitas de costillar glaseado. A la mesa llega el costillar entero, la camarera le quita los huesos y lo desmiga, como si fuera una especie de cochinita pibil. Se nota flipantemente tierno, tiene la batalla perdida desde el principio. Para acompañar, tenemos unas tortillas tamaño taco (que van de puta madre pero que no son fajitas, son tacos), cebolla encurtida y pico de gallo de piña.
Está muy bueno, la carne sabe bastante a salsa barbacoa, la cebolla le da el fresquito, y la piña ácido y dulce. Si le metes a esto igual un puré de jalapeño, y cilantro fresco, te queda un plato muy David Muñoz. Se me pasó hacer la foto, porque no sé, estaría pendiente de otras mierdas, pero la tenéis aquí
¿La cuenta? Venga. 75,50. A unos 19 pavos por persona.

¿Conclusiones?
Pues a ver. Sentimientos encontrados. Diría que la relación comida precio es de Okey Alto, PERO.
Los platos necesitan vuelta. Están ricos, pero lo de las tortillas crudas, y ser otro mexicano más en tierra de mexicanos, resta. También resta el tema del retraso. Ellos son un encanto, y se disculpan y todo bien, sin rencores, pero el hecho de que tardaran mucho cuando fue mi informante, y tardaran cuando fui yo, varios días después, indica que no es un problema puntual. Tardan. Falta gente, sobran mesas, algo no sale bien en la cadena de montaje, no lo sé.
Os digo que es un sitio que está bien. Podéis ir tranquilos.
Okey para Insieme.
Goza de amplio aparcamiento.