A ver.
A mí me pasa que cuando alguien me ofrece cenar en un sitio extravagante, no sé decir que no.
No me refiero a estos que hay ahora que te bailan y te sacan bengalas y los camareros van disfrazados y con zancos. Eso es una gastromierda.
Me refiero a un sitio distinto, con comida que no he probado, o hecha de una manera poco usual, en plan…
— Oye, Tipo, conozco un sótano clandestino en el que solo hacen fabada, y calientan la olla poniendo una lupa delante del sol.
Voy.
— Hey, Tipo, han abierto un sitio en el que el cocinero es de un pueblo de Senegal, y que hace una sopa fuera de carta, tan picante que hace falta firmar un consentimiento ante notario.
Voy.
Bueno, pues el otro día me dice alguien:
— Tipo, vamos a cenar a un sitio nuevo que he descubierto, que es de UZBEKISTÁN.
¿Uzbekistán?
Quieto todo el mundo.
Vagamente te lo puedo situar en el mapa (de hecho, lo he intentado, y he palmado mil y pico kilómetros). No tengo ni idea de lo que cocinan. Por la zona, me imagino que algo entre turco y árabe, pero si me dices que es tradicional beber gazpacho del cráneo de un babuino, me lo creo, porque mi conocimiento uzbeko es cero absoluto, con lo cual…
Voy.
Son las 9 de un día entre semana, a lo lejos ya veo la luz del restaurante.

Mis colegas ya están dentro, y yo me detengo un momento para ver el local desde la puerta y formarme una impresión.
Hostia putísima.
Las sillas están cubiertas de una especie de raso blanco con un lazo azul detrás.
Hay una bandera gigantesca puesta sobre una de las paredes, y en la tele del fondo se están proyectando videoclips uzbekos, de gente con la barba perfilada con escuadra.
Las paredes están pintadas con una especie de ¿cenefas? hechas con spray, y sobre la barra hay tiras de LED que van cambiando de color.

Es tan salvajemente hortera, que creo que da la vuelta y empieza a tener estilo.
Tras aplicarme unas gotitas de Opitben en las córneas, entro, y pido una carta.
La carta es complicada de explicar también.
Imagínate la carta de un turco: tienes kebab, tienes arroz envuelto en hojas de parra, tienes hummus, y tienes baklava de postre.
Ahora súmale calamares, pizzas y ensaladilla rusa, y termínalo con platos uzbekos que no conoces, pero que en su mayoría llevan cordero. Es un buen megamix.

La camarera es una mujer muy sonriente, pero se ve que es nueva y no sabe respondernos las dudas que tenemos. El idioma también es una barrera, y además les faltan varias cosas (muchas) de la carta, así que cuando se ve apurada, se mete en la cocina, y sale con un señor que se maneja mejor y que se da un aire a Secun de la Rosa.
Empezamos con el cheburek, que son unas turboempanadillas tamaño abanico, rellenas de pollo y queso.
Bien, te diría que son fritas. Al cortarlas, ves que el relleno es una lámina finita, no va rebosante.
El queso es potente, el pollo no destaca mucho, y la masa sabe a la masa típica de empanadillas La Cocinera.
Le faltarían muchas cosas. Color, rollo, acompañamiento, salsa, sabores, pero también es verdad que vale 3,50, así que nada. Por ese precio, perfecto, no puedo pedir más. Se acaban rápido.

Por recomendación, nos pedimos un Palov, que se ve que es lo más típico de lo típico allí. Se trata de un arroz de grano largo, guisado con zanahoria y pasas, que lleva por encima un trozo de cordero.
Está bien guisado, la carne está tierna y el arroz en su punto. La verdura prácticamente se deshace, y oye, bastante sabroso. Lleva un huevito de codorniz partido por la mitad que es muy gracioso, pero que no le aporta gran cosa. Creo que es lo mejor de la cena.

Después llegan los manti, que son una especie de dumplings rellenos.
Es como si un dumpling hubiera tenido un hijo con un ravioli.
Hay de dos tipos: rellenos de calabaza, y rellenos de carne, que la casualidad, es cordero.
Ambos llevan un poco de mantequilla derretida por encima. Bien, pues la ración es de ocho. Los que llevan eneldo son los de carne. La calabaza está cremosa y dulcecita, y el cordero va cortado en trocitos pequeños.
Creo que de nuevo, la tradición te impide hacer un plato que mole. Estoy seguro que si yo digo “esto es muy plano, hay que meterle algo más”, alguien levantará la mano en la sala y me dirá “es que son así, en Uzbekistán se comen así” y a mí me parecerá muy bien, pero igual es más interesante hacer algo distinto y con punch, que algo completamente canónico y aburrido.
Estos trastos están buenos, pero indudablemente hay que mojarlos en algo, o picarles algo por encima, o lo que sea, porque si no, es carne con pasta.

Y hablando de carne con pasta, sopa lag’mon.
La sopa lag’ mon es una sopa con cordero y tallarines caseros, hechos con la misma pasta que los manti. Calentita, rica, con un caldo suave, y verduras. Lleva zanahoria, eneldo, patata… sabe sobre todo a eneldo.
El tallarín está muy blando y no nos han traído cucharas, así que pedimos un par, mientras caigo en la cuenta de que nuestros cuchillos, en realidad son paletas de pescado.
La sopa tal vez mejoraría con algo de picante… No sé. Misma sensación.

Todavía hay gusa, así que pedimos el hummus con pan uzbeko, y unas movidas que se llaman sirli samsa, porque lo tienen hecho ya, y tampoco nos apetece esperar a que nada se cocine.
Te puedo decir que el hummus está suave, grumoso, sabe a limón, pero poco a comino, ajo o tahine. Lo acompañamos con el pan, que sale caliente del horno. Le noto que tiene poca sal, y un chorrete de aceite por encima.


Las siri samsa están expuestas en la barra. Tienen de queso, porque las de pollo con tomate se han terminado. Es muy parecida a la masa de empanada argentina, tal vez un poco más hojaldrosa. El queso de dentro es de oveja, es el mismo que había en las cheburek del principio.

La cuenta nos sale a 59.20, que son 15 pavos por persona. Precio fetén y bastante justo.

Bien, tengo conclusión.
Al final, creo que en este mundo tan globalizado en el que vivimos, en el que todo llega a todas partes, si tú no has oído hablar de la cocina de un sitio es por algo.
Es así, nano. Todo el planeta come sushi. En cada rincón del mundo al que vayas tienes restaurantes italianos, pero, por lo que sea, no te vas a encontrar un restaurante mongol. Plantéate por qué.
La cocina uzbeka hace lo que puede con lo que tiene, y ya es bastante. Pero claro, una cosa es subsistir y otra competir.
Yo creo que está bien, que efectivamente es muy barato, y que, oye, para picar algo, te hace un papel. Otra cosa es que quieras probar cosas muy distintas, en cuyo caso, un abrazo.
Okey si pasas por allí.
Goza de amplio aparcamiento.
Comments (6)
Alex
En Fallas estuve por allí con unos amigos. Lentos, muy lentos, aunque en Fallas y como estaba el percal se perdona, pero sobre todo, muy poco experiencia y mucha amabilidad, pero con eso no se arregla tardar casi una hora en sacar cosas que estaban a la vista en la barra, o platos, como el humus, donde la foto y al realidad vivían en mundos paralelos. En lo demás, incluidos los lazos raso, los cuchillos de pescado y que también faltaba la mitad de la carta coincido. Al final un sitio más que podía ser mejor, pero que no lo es. Y si, el idioma es un problema, sobre todo si piensas repetir.
Rafael pascual felices
Lo siento,no me mola😀
Nosoychef_Valencia
Pues yo encontré este sitio por casualidad paseando por allí el finde antes de fallas, y ese día había quedado con un amigo turco-búlgaro para ir al Mercado de la Imprenta, que está detrás, y acabamos comiendo en el Uzbeko. Probamos, como vosotros, los cheburek, que coincido en lo del sabor de la masa de La Cocinera, y de platos principales el shash taba, que me pareció un guiso sabroso, y el O’Rama kabob, un pincho jugosísimo que me encantó. Cierto es que los mantı uzbekos son de las cosas más famosas de allí (nada que ver con el mantı turco, una de mis pastas favoritas), pero yo no los pedí porque no me llamaban la atención. Bebimos ayron, que es lo típico para acompañar este tipo de comidas (no se me puede pasar comentar la que todo llevaba eneldo, que me encanta pero…). Yo salí contento, con sensación de comida casera, sin florituras pero rica, y con ganas de volver a probar otros platos. Habrá que elegir bien. Eso sí, lo de hortera a más no poder también te lo compro. En cualquier caso, en Valencia y comida de este estilo, creo que mejor que Ninda poco se puede encontrar.
Anahí
He ido a parar a este restaurante de casualidad y porque por ser fiesta hoy no encontrábamos sitio en otra parte. Me ha parecido que la relación calidad- precio es muy razonable. Los platos están identificados por sus fotos, hay unos 30 o así. Algunos nombres los conocemos: humus como el de Egipto o el Líbano, kebab, samosa . . . . (aunque lo escriben un pco distinto se reconoce), falafel como el griego, ayron (bebida salada de yogur) parecido al turco, pero más líquido; hay pastas diversas estilo ravioli. La mayoría de los platos llevan carne. De dulce ofrecen baklava, no la he probado, no sé si estará tan deliciosa como la del horno / restaurante libanés que conozco. Es llamativo que en este país muy de interior hayan incorporado tantos platos mediterraneos.
Rafa
He estado y tengo que decir que me gustó bastante. Viví unos añis en la antigua URSS y alli si es muy popular el Plov, los chebureki, y todo lo que has nombrado. En este restaurante están buenos. No son como los chebureki de mi mujer, ni como el plov de mi cuñada, pero me traen gratos recuerdos.
Isabel Ribas
Desde tu crítica han cambiado algunas cosas, como el tema de los cubiertos, la camarera habla español perfectamente y te orienta para que puedas elegir mejor.
La comida muy bien, es una pena que estuviésemos solos en el restaurante, acompañados del dueño que no paró de hablar por el móvil en voz alta todo el tiempo que estuvimos cenando.
El tema de los postres es un tema aparte, muy poca variedad. A lo mejor es que en Uzbekistán no son muy de postres, puede ser…
Finalmente el precio, unos 18€ por persona,muy correcto.