ACTUALIZACIÓN (22/09/21): Xics, esta entrada se ha quedado obsoleta. La comida sigue siendo maravillosa, el efecto sorpresa sigue ahí, y el sitio sigue siendo muy especial, pero los precios han subido. Ya no sales a 25 pavos ni bebiendo agua de la cisterna. Las últimas visitas documentadas oscilan entre los cuarenta y pico y los cincuenta. Pasamos a categorizar este post como «No tiene el okey» por tema precio. Avisados quedáis.
PUBLICACIÓN ORIGINAL (27/12/2019):
Ayer fui feliz y no me lo esperaba. Había quedado con unos amigos para cenar, bajo la promesa de que me iban a llevar a un sitio flipante. «Vente que es un sitio que han abierto, cerca de nosedonde, que lo lleva un amigo que tal, que lo hemos conocido por el hermano de nosequien…» Y yo, que soy más fácil que una folclórica adulada, voy sin preguntar.
Es pronto, hay que ir pronto porque no se reserva (me dicen). Y empiezan a andar del Mercado Central a Doctor Collado, y luego a la derecha, por donde el kiosko, y luego giran por la calle donde mataron a los padres de Batman. Nos detenemos frente a lo que parece un bar. Es muy estrecho, debe haber como seis o siete mesas altas, y en cada una hay un servilletero con palillos. Acuérdate de lo que te digo: Ca Morera.

Nada más sentarnos, un tipo de muy buen humor, que se parece un poco a Dan Aykroyd, pero con la sonrisa de Jim Carrey, se acerca, nos saluda, y nos pregunta si somos alérgicos a algo.
— A la injusticia —le digo yo—, y aborrezco el queso de cabra.
Por suerte no hay queso de cabra ni injusticia en el menú, y en pocos minutos, empieza a llegar a la mesa lo que el hombre sonriente estima oportuno. Van cayendo tres dobles de cerveza.
Un bonito en salazón, tierno y suave como su puta madre, sobre una crema de berenjena. ¿Cómo, nano? Esto no es un bar. Tenías mi curiosidad y ahora tienes mi atención. El bonito tenía algo espechiale. Yo pensaba que era un tataki, porque estaba crudo por el centro y hecho por fuera, pero no. También llevaba lo que parecía tomate seco por encima, en una especie de pesto. Ah, y unos tomatitos cherry pelados, con unas hojas verdes fritas rematando.

Bien, miradas de aprobación de los comensales. Llegan unos… ¿tacos? ¡Tampoco! Coques de Dacsa, nano. También llevaban por encima lo que parecía ser pico de gallo. Combinación interesante, plato jugoso y juguetón.

Luego llegan unos chipirones con ajetes tiernos, con algo de tinta y bien de aceite. Este es obviamente el plato que menos sorprendió, porque bueno, tienes más posibilidades de encontrártelo por ahí. Pero nada, no se le hacen ascos, balsas de pan, dos tenedorazos y a funcionar.

Entonces, el hombre sonriente nos pregunta si estamos bien así, o si saca más mandanga. Obviamente el gordo insaciable que llevo dentro necesita saber qué viene después, y lo que vino fue… sepioreja.

Oreja de cerdo y sepia, cortadas ambas en tiras, fuertemente planchadas para acrujientar el exterior mientras se mantiene la ternura interna. Este plato me recordó un poco a los que hacen en el Anyora. Una manera muy guapa de mezclar mar y montaña.
No hubo postre, ni café porque no tienen cafetera. A tomar café te vas al Lisboa, que está al lado.
El único pero que le pongo a este local (y es un pero pequeño), es el precio. Los platos bailaban entre 12 y 14 pavos, lo que hizo que al final, saliéramos a 24 pavetes por persona. Casi al límite y sin botella de vino. También te digo que lo vale, me molan mucho los sitios donde te sacan cosas sin preguntar.

Luego, haciendo Google por ahí, he leído que al parecer, el hombre sonriente, es un cocinero que ha currado siempre en restaurantes muy top. Se ve que era de esos que esferificaban movidas, y al final se le han hinchado los huevos de tanto postureo y se ha montado su sitio. Pues ole.
Creo que le voy a dar un okey alto, porque me da que este sitio va a molar exponencialmente. Id a probarlo, que en tres meses seguro que habrá cola.
Goza de amplio aparcamiento.