Muchachos, ya se puede salir a cenar.
Esta semana abrimos la puerta de la fortaleza como si fuera la de lluvia de estrellas, con trompetas y humo. Hemos estado casi tres meses sin pedir una cuenta, sin preguntar dónde está el baño y sin probar nada fuera de carta. Mis croquetas amaestradas y yo nos recluimos intentando encontrar una cura, pero al final lo que se nos da bien es salir a cenar, así que vamos a dejar de jugar con el Qumicefa y vamos a rockear la Casbah ya un poquito.
-¿Le pido un taxi señor?
– No hace falta Meredith, iré andando, quiero ver cómo está el tema.
Me enfundé en mi traje amarillo de bio Hazard, y fui echando un vistazo. Habíamos quedado a las 21 por el mercado de Ruzafa, y a ver, había gente, pero el panorama sigue siendo desolador. Si hay, pongamos, 100 terrazas en ruzafa, habrá abiertas unas 20, y esas 20 están al 50%. Esperemos que la semana que viene vaya mejor. También es verdad que caminando hacia el restaurante vimos varios jíbiris, porque había sitios que habían puesto mesas hasta encima de las macetas, y lo de los dos metros ya te lo miro, pero bueno, nada que no se espere de la picaresca del español medio.
A lo que voy. Teníamos reserva en Antica Ostería, un sitio que de normal tiene una terraza bastante potente, y que en este caso estaba reducida a tres mesas. Entre mesa y mesa cabía tranquilamente un Pau Gasol tumbado, o un escritorio Skartsra del Ikea.

Nos sentamos, aun es de día.
-¿Queréis tomar algo?
La camarera es una de esas personas que te alegran el día, es una sonrisa de uno cincuenta y pico que siempre te lo explica todo con muchas ganas, estos días con mascarilla y calcetines de colores. El Mario Vaquerizo que hay en mí tiene ganas de cerveza, así que nos pedimos unas cañitas para empezar.
En Antica Osteria llevan una onda como muy casera. La carta siempre está escrita a mano, es muy cambiante, y eso significa que cocinan lo que ven que les mola en el mercado. En esta ocasión estaba enmarcada y colocada en una silla a un metro de la mesa, como si fuera uno de esos cuadros de museo que tienes que hacer capoeira entre lásers para robarlo.

Normalmente hay más abundancia de platos, pero claro, para cuatro mamones que éramos, tampoco van a llenar toda la despensa, bastante hacen ya. Decidimos pedir la pasta con ragú clásico, la porchetta, y las verduras al horno con queso.
Para beber, Little Smiling Waitress nos ofreció varios vinos italianos que bueno, como si me hubiera dicho el nombre de varios pokemons, porque me quedé completamente igual. Solo me acuerdo de Nero d’Avola y te lo comento un poco por educación y completismo, pero que vaya.

Lo primer llega la pasta, en un plato de esos vintage de Duralex. Es pasta fresca, no sé si la hacen ellos. Es una boloñesa clásica, con una espolvoreada de parmesano por encima, que te la sacan puesta, claro, porque no se puede sacar el queso con la cuchara a la mesa.

La pasta que hacen siempre está buena, y cambian mucho de receta. Suelen tener una de pescado, una de carne y una vegetariana.
La porchetta nos moló bastante. Es carne de cerdo hecha al horno, con bien de especias. En este caso llevaba un romerazo bueno que tú tengas, que junto a la grasa fundida, invita mucho al suque y al guarreo. Visto de lejos parece como una ensaimada de carne, viene con unas pataticas al horno muy gansas.

Las verduras estaban ahí un poco de contorno. Hablamos de una cazuelita con cebolla, boniato, brócoli y coliflor, con un trozo de queso en estado de semifundición por encima. Muy ahumado, creo que scamorza. Bien combinado con la porchetta, muy mediterráneo todo.

Y bueno, postre. A veces, más tirando a invierno, tienen una tarta de limón y piñones que me hace llorar por el pene, pero ahora cara a verano, tienen solo tiramisú y una movida de chocolate. Nos decidimos por el tiramisú, porque a una de las personas que vino a cenar, no le gusta el chocolate. Sé lo que estáis pensando, de no gustarte el chocolate a apalizar ancianos por diversión hay muy poco o nada, pero no todo el mundo que odia el chocolate es mala gente. Muchos sí, casi todos, de hecho. Porcentualmente es abrumador, es casi la totalidad. De hecho, si no son todos es por un error en el redondeo. Pero bueno… no son todos.

Tiramisú bueno, sin volteretas. 4-4-2.
No tomamos café, que suelen sacártelo en una cafetera italiana de hierro.
56,50 pavetes entre 3. Cierto que pedimos muy poco, cierto también que el vino eran 18 pavos, aun así, salimos a menos de 19 pavos por cabeza.

Xics, ayer no fue su mejor partido, pero este sitio a pleno rendimiento es muy recomendable. Se puede ir varias veces seguidas sin comer nunca lo mismo, el precio es siempre ajustadito y, oye, le han echado huevos abriendo con tres mesas.
Okey alto para Antica Osteria, estamos de vuelta.
Goza de amplio aparcamiento.
Comment (1)
Dani
Porfi tete a ver si puedes ocultar la nota justo encima del título porque los espoileamos la nota y a mi me gusta mantener el culo apretado hasta el final 😉