7:30 de la tarde, hora peninsular. Momento de ir haciendo marcha para cenar.
Durante el mes de agosto, la Torre Alcachofa se queda bajo mínimos. Todo el personal se marcha de veraneo, y yo me pillo un mes para cenar fuera en otros lugares.
Estoy arreglándome delante del espejo de mi cuarto y Meredith está a mi lado, dándole un último repaso a mi agenda.
— Qué más, qué más… Ah, recuerde que su avión sale mañana a primera hora. Le he dicho a Wilbur que le espere abajo a las siete en punto. Mi becario se encargará del café y de contactarle si surge algo importante durante mis vacaciones.
— Lo sé, gracias, Meredith. No hará falta.
— ¿Voy a tener que mandar un equipo de búsqueda para que vuelva en septiembre, como cada año?
— Estate tranquila, el día uno estaré aquí, cenando como un clavo ¿A dónde te vas?
— Con unas amigas a Formentera y unos días al apartamento de mis padres en Cadaqués. ¿Seguro que estará bien, señor? Si quiere puedo…
— Shhh, basta, basta por favor. Actúas como si no fuera capaz de cuidar de mí mismo. ¿Sabes con quién estás hablando? ¿He de recordarte quién descubrió el Polo Sur?
— Fue… fue Amundsen, señor. Usted no había nacido ni tuvo nada que ver.
— Exacto, veo que no tengo que recordártelo. ¿Con quién ceno esta noche?
— Esta noche ha quedado con Ana, Bionyka, su pareja belgo-chilena favorita, y una ex-novia de Cuba Gooding Jr. Creo que me estoy dejando algo…
— Perfecto. No te preocupes por nada. Me marcho, Meredith. Nos veremos en septiembre.
— ¡Tendré el móvil conectado! ¡Los teléfonos de emergencia y el Seprona están en la nevera…!
— En septiembreeee.
Portazo.
Casa Ru está en la calle Sueca.
¿Por qué llamar a tu bar «RU», cuando eres chino y va a ser una putada pronunciarlo? Pues no sé, imagino que porque está en Ruzafa.
Antes se llamaba Bar Sueca.
Este y el Mey-Mey fueron los primeros que recuerdo que se salían un poco del arroz tres delicias y el rollito primavera.
Incluyeron en el juego cosas como sopas, dumplings, casquería, picantes y tal.
Después ya llegó la calle Pelayo, y el Frenazo y todo aquello, y la cosa se normalizó bastante, pero recuerdo este local como bastante pionero.
Estamos encervezándonos en una terraza de la misma calle. La reserva es a las 9, y el tema de la noche es: ¿los abuelos se caen y se rompen la cadera, o se rompen la cadera y por eso se caen? Apasionante.

Por dentro está decorado un poco como todos los bares traspasados, se mantiene la barra de aluminio, y se cuelgan un par de cuadros con letras y paisajes.
Va completamente en la onda del Min Dou, incluso en lo de la tele con las noticias, la pila de cajas de Mahou y la máquina de tabaco.

Pasamos por delante de la barra y llegamos a una habitación al fondo, sin ventanas, que podría perfectamente servir de bunker.
Sobre mi cabeza, en la pared, hay una cosa hecha de ramas, que parece como un espantapájaros o algo salido de Yellowjackets. Vamos a pedir un par de jarras de cerveza.

La carta es eterna, interminable, está separada por materias primas.
«Pollo», seguido de 20 platos con pollo. «Verduras», y 20 más con verduras. Como tenemos gente vegetariana en la mesa, vamos a intentar cenar con poca carne.

Empezamos con dim sums de gambas, y una berenjena con salsa yuxiang.
Los dim sums sin más.
Son congelados, están ricos, pero no tienen mucha gracia. Están en una carta aparte, como los polos en los chiringuitos. Chiclosos por fuera, con gambas y verdura por dentro. Los sacan en su vaporera, con un cuenquito de salsa de soja y vinagre para que suques. Se parecen un poco a todos, no hay toque propio.

Vamos con la berenjena con salsa yuxiang.
La salsa yuxiang me sabe a muchas cosas comunes. Tiene que llevar algo de soja, verduras, algún espesante, azúcar, y no quiero ser malpensado, pero seguramente glutamato, porque la glutamaté en agosto, la caló apretaba. Es típica salsa melosa salada y dulce.
La berenjena es esponjosa y la ha absorbido toda, lo que hace que su núcleo esté a siete mil grados Fahrenheit. Queman para siempre. También hay tiritas de lo que parecen pimiento verde y cebolla.

Seguimos con un más que clásico pato Pekín.
El clásico «hágalo usted mismo» de la cocina china. Juliana fina de zanahoria y cebolleta, salsa hoisin, y pato.
Crujiente por fuera, blandito por dentro. Graso pero sabroso. Las tortitas para envolver se nos acaban y pedimos una ración extra.
Es bastante típico, está bueno, pero se parece al de todas partes.

En Ru hacen dos cosas que me flipan bastante.
Una es el pollo con guindillas, seguro que si has ido alguna vez con alguien habitual, te ha hablado de este plato.
Son trocitos de pollo rebozado, con cebolleta y several guindillas secas por todas partes. En cuanto lo ves piensas «hostia puta, eso tiene que picar más que montar nata con el nabo» pero no, te equivocas, no pica tanto.
No son guindillas cayenas de las clásicas, son de otro tipo menos asesino. De hecho, tienes que comer bastante para que pique algo, porque es un picante acumulativo.
También lleva cacahuetes fritos y unas bolitas que saben a jabón y que al final llegamos a la conclusión de que eran un tipo de pimienta.
No sé, a mí me está rico. Es verdad que es mucho pollo rebozado, y frito, y es un plato cañero, pero bueno, si te va ese rollo, ahí lo tienes.

La otra cosa que me flipa, y que no conocía, son las patatas plancha. No te fíes para nada del nombre.
Son dados de patata hechos dentro de un papel de plata cerrado, con una salsa que sabe a reducción y a pimienta.
Llevan como una capita de algo crujiente, una harina o algo así, que les da una textura exterior crujiente y molona. La salsa es un poco prima hermana de la de las berenjenas, pero mucho menos dulce.
Tiene mucho punch para ser un plato de patatas a la plancha. De hecho, puede ser uno de los mejores platos vegetarianos que he probado.

Para terminar reventaditos de hidratos, unos tallarines con marisco y una de arroz con verduras.
Te diré que saben justo a lo que te imaginas. Mismo efecto que el pato pekín. Los tallarines llevan gamba, surimi y trocitos de calamar.


No pedimos postre, porque ninguno nos motiva demasiado, pero pedimos la cuenta.
Oye, 81,35 entre 6. Nada, no llega a 14 euros por persona. Es barato y está muy bueno.

Sigue siendo uno de mis chinos favoritos de la ciudad, pero creo que le pasa lo mismo que a todos, mucha carta y poco plato personal.
Aún así es un sitio indudablemente Okey.
Nos vemos en septiembre, chavalada. Cenad fuera sin piedad.
Goza de amplio aparcamiento.
…
Una semana después.
Suena el teléfono en un apartamento de Cadaqués, cerca de la playa.
— ¿Sí? Un momento. Merediiith. Es para ti.
— ¿Para mí? ¿Quién llama a un fijo hoy en día? Trae. ¿Diga?
— ¿Meredith? Soy Charlie, el becario de la central. Tu móvil estaba apagado.
— Charlie, ¿cómo va todo? ¿Algún problema con la clasificación de restaurantes? Es muy liosa al principio, por el tema de los Okey, pero…
— No, no es eso. Escucha. No quería molestarte durante tus vacaciones, pero no encontramos a El Tipo.
— Ya. Siempre se pierde un poco en agosto, no coge el teléfono. Te dejé su itinerario sobre mi mesa, prueba a llamar al hotel…
— No, es que… No está en el hotel. Nunca llegó a subirse al avión, Meredith. El otro día cenó en Casa Ru, pero no volvió a la Torre. Su localizador dejó de emitir sobre la una. Hemos hackeado las cámaras de un cajero cercano a su última señal, y hemos visto una furgoneta sin matrícula, saliendo a toda velocidad de allí. Lo han secuestrado y no sabemos dónde está.
— ¡¡¿¿PERO QUÉ CO—??!!
[Continúa en El secuestro de El Tipo]