Xics, ver el Gran Cañón está guay. Y tener un hijo y plantar un árbol estoy seguro de que también.
Pero si hay algo que realmente tienes que hacer antes de morir, una experiencia que tienes que vivir necesariamente, es la de irte de tapeo por la calle Laurel, en Logroño.
Seguramente has oído hablar de ella alguna vez, porque es una leyenda.
La típica calle llena de bares a ambos lados que debería haber por ley en cada ciudad, pero que por lo que sea, no tenemos en Valencia.
Puedes tomar algo e irte a casa, puedes vermutear, o puedes coser la calle y echar allí horas, de vino en vino y de tapa en tapa hasta que te hartes.
Resulta que yo voy a estar unos días en La Rioja, porque he venido a dar una charla en la universidad acerca de si la piparra en la gilda se pincha doblada o sin doblar, y voy a aprovechar para darme un homenaje.
Es de noche, entre los carteles y la gente esto parece Blade Runner.
Entro por la parte de Capitán Gallarza, voy a empezar por el primero que veo. Se llama La Tavina.
Toda la barra es una rave deliciosa de montaditos, cazuelas y comida de colores vivos. A veces, en algunos bares, indican que tienen una movida premiada. Aquí, por ejemplo, es el crujiente de careta de cerdo.
Voy a pedirme una de esas y obviamente, también un vino.

Yeah, las tienen expuestas en la barra como si fueran láminas. Tienen forma y tamaño como de servilleta. Son tan crujientes que al pinchar con el tenedor, efectivamente se rompen. Tienen textura de Dorito.
El 90% de la superficie es grasaza canalla, y luego tiene pequeños trocitos de carne ahí perdidos por en medio.
Cuando lo pides, el camarero coge uno, lo plancha en un grill que tienen al lado de la barra, y todo el local huele deliciosamente a gorrino quemado. Lo sirven con sal por encima, y al final es eso, una tapa de morro con otro formato.
Está que flipas, al ser crujiente no tiene ese punto chicloso embafón que tiene por ejemplo la oreja. Hago check en mi lista y paso a otro.
El de al lado, La Tabola. Aquí me recomiendan una brioche de costilla… y un vino.
Buah, esto está de locos auténticos.
¿Ves? Si en vez de los panes bao de mierda que ponen por ahí, pusieran estas mini brioches, todo tendría otro sentido, esto empapa, esto aporta sabor.
Van rellenas de costilla ibérica deshuesada, y cubiertas de una salsa gratinada.
Tras el primer bocado noto algo dulce y mostazoso ¿Será la salsa? ¿Será algo mezclado con cheddar? No lo sé, el caso es que pringa, y junto a la carne predomina un sabor agridulce.
La textura es súper agradable, y sin duda me jodería otro de estos si el bar de enfrente no estuviera ya haciéndome ojitos, así que me termino la copa, pago, y cruzo la acera.

Llego hasta un sitio que se llama Pasión por ti. Aquí tienen otro pintxo, finalista, y que me voy a pedir…con un vino.
El sitio está extrañamente vacío para lo petado que está todo.
El pintxo en cuestión tiene nombre de culebrón o de peli de Nit d’erotisme, se llama Pasión de cristal.
Lleva yema de huevo envuelta en panceta, sobre pimiento asado, y todo ello, montado en pan de cristal.
La foto da gloria verla. Te la presentan dentro de una latita de conserva.

La yema bien envuelta en panceta, surfea el pimiento y el pan, coronada con cebollino fínamente picado y unas flowers decorativas. Claro, todo muy guay hasta que me llega lo que me llega.
El “pan de cristal” es una rebanada de un dedo tostada al horno. Sobre esto hay un gurruño de pimiento de lata, con una yema, sin rastro de panceta, pero con lo que parece sal de jamón por encima.
Ni glamour, ni flores ni hostias.
Yo entiendo que en las fotos siempre hay un poco de fantasía, y entiendo que si te pido una Monica Bellucci, luego igual me llega una Penélope Cruz, eso lo acepto. Lo que no acepto es a Chus Lampreave, hijo de perra. Respétame unos mínimos.
Bueno, no estoy aquí para discutir, así que me lo como de un bocao, y tiro hasta el siguente.
Bar Ángel, aquí solo hacen champiñones. Exclusivamente, montaditos de champiñones… y one more time, un vino.
Me parece fascinante que te juegues toda la oferta de tu bar a un solo producto, y más cuando es un producto con tan poca personalidad como un champiñón.
Entiéndeme con lo de poca personalidad, me refiero a que un champiñón no es una croqueta, o un corte selecto de carne, es un glande gris sin mucho sabor, que sale de la tierra, y que se vende a pavo y pico la bandeja en Consum.
No obstante, una vez probado lo entiendo todo. No sé cómo lo hacen, pero lo cocinan para que quede jugoso, carnoso, con mordisco.
Te sirven una torre de tres sobre una rebanada de pan, con aceite de oliva y sal. No se parece a ningún champiñón blandurrio que hayas probado por ahí.
Este tiene mucho hot, mucho tempo, y hasta mucho down. Encima del todo lleva una minigamba que te va a dar igual porque el sabor de los champiñones se la come por completo.

Mientras estoy con el vino, me surge una duda. Caigo en la cuenta de que solo utilizan la parte superior del champiñón, así que pregunto:
— Perdona, ¿qué hacéis con los rabos de los champiñones?
La camarera me mira como si le extrañara que alguien pudiera preguntarse eso alguna vez.
— ¿Los rabos? Los tiramos.
— ¿Cómo? ¿Los tiráis?
— Sí, los tiramos.
Me sonríe y se da la vuelta para servirle otro montadito al tipo que tengo al lado. Me ha dejado loco.
Cada día deben de hacer DECENAS de kilos de champiñones, lo que supone MUCHÍSIMOS rabos de champiñón. Puede que cientos de kilos en una semana. Puede que miles en un año.
¿Nadie ha propuesto… no sé… una cremita, un revuelto, dárselo a los cerdos, nano, no sé… ALGO?
En fin, dejo esto aquí. Me acabo el montadito y sigo mi ruta.
Entro en uno que se llama El Muro. Aquí la especialidad son los embuchados. Así que me pido uno de esos… y un vino.
El embuchado no es más (ni menos) que lonchas de zarajo a la plancha.
Puede que a muchos los zarajos os tiren para atrás, y de verdad que no os culpo, porque son putas tripas enrolladas en un palo, y además el nombre tiene una Z y una J para que dé más asco, PERO si lográis sobreponeros a eso, hay una aventura detrás.
Sabe mucho más magro que graso, como a chuleta, y tiene ese puntito como amargo agradable que aflora por detrás. El pimiento pica bien, bastante potente como para dejarlo ahí al alcance de un menor.
Bien, todo está bueno, materias primas cañeras. Bar clásico, Telecinco en la TV. Sigamos.

¿Qué más? Oh, al final de la calle, hay un sitio mega especializado en setas, que se llama El Cid. Vamos a por una de esas… y un vino.
De nuevo un bar en el que solo hacen una cosa. Por las paredes hay fotos de enormes bolsas negras cubiertas de setazas, que indican producción propia. Hay vid seca por el techo, y azulejos llenos de frases de bar de esas de “Hace un día precioso, verás como alguien viene y lo jode” y “ Hoy no se fía, mañana sí”.
Veo cómo cubren la plancha con una barbaridad de setas, y les echan un líquido blanco por encima. Después las aprietan con una plancha gigante de metal, y las dejan ahí churruscando hasta que el cocinero considera.
Le pregunto a la camarera si sabe lo que lleva el mejunje mágico, pero me dice que no, que es una receta que trae todos los días un tío ya envasada.
Está realmente de puta madre. Son setas de cardo, y están cubiertas de algo que parece sal, con pan rallado, ajo, vino blanco… Es un honor para una seta, terminar sabiendo así. El país le agradece su servicio.
A partir de aquí, recuerdo hacer la calle en dirección contraria y probar otros bares.
Recuerdo un guiso de alcachofas con almejas.
Recuerdo una torre de torreznos que parecían esquíes.
Recuerdo pedirme un vino en cada uno de los locales, y cómo la gente se empeñaba en ponerse progresivamente más borrosa.
La calle, que yo recordaba recta, comenzó a mostrar unos quiebros complicadisimos que al principio no estaban.
Finalmente, y cuando ya estaban cerrándolos todos, entré en el último bar.
— Sblarf. ¿Fros blurnsglarflas?
(«Buenas, ¿habla usted borracho?»)
— Gleba, nfrastros. Flahnmm ¿Eh? Blabba blabba C2 rfggghdlastros.
(«Por supuesto, caballero. Hace 25 años que soy camarero en La Rioja, tengo el C2 de borracho. ¿Qué le pongo?»)
— Mmmmffss…Brrpapapapá, yevame al ssirco.
(«Tomaré un crianza y uno de esos montaditos»)
— Ebbarrffannno, el gue guiera verte guebeenga a la casa.
(«Aquí lo tiene, que lo disfrute»)
Y ya estaría. Las persianas se bajaron, la gente se fue a sus casas, y la acera se llenó de agua de los cubos de fregar.
Por suerte, vivimos en un mundo que tiene lugares como este, La Latina, lo viejo en San Sebastián, o el París Dakar en Santiago.
Es posible que yo acabara echando la raba entre dos contenedores? ¿O tal vez llegara al hotel, me pusiera un disco de jazz y un batín de seda?
Ja ja ja.
Lo dejo a vuestra imaginación.
Goza de amplio la raba, fue la raba.