Pocas cosas hay en esta vida que no fallen. John McClane, el táper de tu madre, Ryanair metiéndotela doblada con las maletas… son cosas que sabes que siempre están ahí y que te dan seguridad. Para mí, el Carabasser es una de esas.

Recuerdo cuando lo abrieron, hace ya un porroncete de años. Flashbackeo cuando entré y le pregunté a la camarera (que creo que se llamaba Irene) si aquello era como el Lizarrán, y me dijo que mejor. Es que claro, ahora estamos más acostumbrados, pero en aquel entonces no era tan común ver una barra de pinchos.
Porque Carabasser era eso: una vitrina con pinchos que se iban renovando día a día, y una pizarrita con platos que preparaban dentro, en cocina. Los platos estaban okey, pero lo molante toda la vida ha sido lo de la barra. Siempre me lo encontraba abierto, y siempre había sitio y, si no lo había, te ponían los pinchos en una caja y te lo podías comer en un parque.
El otro día llegamos sobre las 21:15. Por tema COVID, la cola que se formaba dentro ya no es viable, así que en las mesas ahora hay papeles con casillas, y tú marcas con una X lo que quieres. Me asomé a ver la pinta de las cosas y me sorprendió ver algunas bandejas vacías.

Da bastante rabia llegar pronto y que te digan «lo que queda es esto», pero aun así rascamos mandanguita buena.
Nos pedimos dos empanadillas de pato, y dos cestitos de huevo, bechamel y trufa.

Cómo gozo con esas putas empanadillas de pato, nano. Al principio, en el albor de los tiempos, las hacían de pato y alcachofas, y yo me pegaba unas fartadas que dejaba la bandeja como si hubiera pasado el Katrina. Ahora ya la alcachofa is gone, pero siguen estando muy buenas. La masa es muy finita, y tiene un puntito aceitoso. El interior es pato desmigado con verduras y magia pura.
— Maldita sea, están buenísimas.
— Un segundo. Voy a probar algo. Meredith, ¿estás ahí?
La voz de Meredith se escuchó por el intercomunicador que llevo en la patilla de mis gafas de sol.
— Aquí estoy, señor. ¿Qué necesita?
— Necesito que escanees esta empanadilla y me digas qué cojones lleva.
— Por supuesto, señor. Enfóquelas con las gafas e introduzca una muestra en el bolsillo de su chaqueta.
He estado trabajando en un dispositivo de escaneo remoto, mediante el cual Meredith puede desglosarme los ingredientes de algo desde el ordenador central. El bolsillo interior de mi chaqueta lleva un escáner molecular que… bueno, no voy a aburriros con tecnicismos. Pasa y ya está.
— ¿Lo tienes?
— Señor… mis datos concluyen que además de un porcentaje importante de pato, esas empanadillas llevan sonrisas de bebé dormidito muy a gusto, abrazando un gusiluz.
— Ah, cabrones, lo imaginaba. Por eso están así de buenas. Gracias, Meredith.
— No hay de qué, señor.
Están del carajo.
Bueno, los saquitos no se quedan atrás. Son como una especie de mini quiches, pero con un huevito de codorniz encima. Llevan además un trufazo importante en la bechamel, y buah. Se desparrama todo al morder, pero lo flipas bastante. Estos dos siempre han sido mis pinchos favoritos. La tortilla de patata, en cambio, te la puedes saltar.
Seguimos con platos de cocina. Pedimos el kebab de remolacha. No te imagines un kebab, porque esto casi casi sería más un falafel. Es una pelota morada, es como el hijo de una croqueta y un tumor, con un poco de tomate, mayonesa, y rúcula. Un poco harinoso al morder, probablemente por algún tipo de legumbre que han usado para aglutinar. No me flipó.

Después pedimos la coliflor marinada, con salsa de anacardo y coco. Va, eso te ha llamado la atención no digas que no.
A mí también me la llamó. El tema es que me esperaba, again, otra cosa.
La coliflor viene en arbolitos rebozados, como nuggets. Yo que me lo había pedido en parte por evitar el frito, y me comí tremenda mierda. Están buenos, están súper crujientes. La capa de rebozado es gruesa y bastante dura, así que crack crack, motherfucker.
La salsa de anacardo y coco es very líquida, y sabe básicamente a leche de coco con algún toque aromático. No está mal. Ración potente para dos, mejor pedirla si sois tres o cuatro.

Lo que está que flipas es el secreto.
Oh, qué gozada. Se deshace, se desmiga como si fuera cochinita pibil. Lleva encima una salsa también con trufa, y unos pimientitos del padrón con patatas fritas. Es cañero, lleva grasa como para hacer bobsleid por las escaleras del Corte Inglés, pero buah. Muy bueno, sobre todo la carne.

Terminamos la noche con la cheesecake de jengibre. Muy particular, muy probable. Además de los caramelitos que lleva por encima, imagino que lo habrán infusionado en la nata, o en la mantequilla o algo, no sé, pero le da un rollazo. Tiene ese toque picante y muy floral, pero además no es la clásica tarta de queso fría, es de esas con un puntito salado. Buen postre.

¿A cuánto queda el precio del Carabasser?

Pues nano, ni 40 pavos. Salimos a menos de 20 euros por persona, cierto que sin vino ni nada, pero prácticamente rodando. La posibilidad de cenar solamente con lo que hay en la barra hay que tenerla en cuenta. Te pides cuatro o cinco pinchitos por cabeza, un postre y a casa.
Sitio okey, y tremendamente funcional. Tiene un hermano mayor que se llama Tallafocs, en la calle Barón de San Petrillo, y que es prácticamente lo mismo pero en grande y con un escenario.
Goza de amplio aparcamiento.
Comment (1)
maria jose
Muy bueno,amables y sin salirse presupuesto,volvere