POM POM POM
— Señor, por favor, salga de ahí. Lleva dos días encerrado.
— Márchate, Meredith. No quiero ver a nadie. No quiero saber nada del mundo.
— No puede recluirse hasta que abran los restaurantes, no sabemos cuándo será eso. Venga, abra la puerta.
— ¿Qué sentido tiene? No hay nada que merezca la pena ahí fuera.
— Tiene muchos deliveries que probar todavía.
— No quiero probar nada. Tráeme dos botellas de vino del Consum y déjalas en la puerta. Quiero estar solo.
— ¡Señor, no me obligue a tirar la puerta abajo!
— ¡Márchate!
— ¡Está usted comportándose como un crío! Además, tengo una noticia para usted… Ha llamado el señor Dacosta.
Silencio.
— ¿Ha llamado…? ¿Y cómo sonaba? ¿Sonaba muy flipado?
— Está estudiando la posibilidad de que sus repartidores tengan que salir de los restaurantes en moto y saltando a través de un aro de fuego, y quería comentarlo con usted.
— ¡¡Oh dios, está flipadísimo!! ¡¡Estoy a tope con eso!!
Ruido de cerrojos, puerta que se abre.
— Ah, Meredith, qué bien sientan este tipo de noticias por la mañana.
— Aféitese, señor, voy a prepararle un baño, que huele usted a búfalo.
— Estoy hambriento. ¿Has encargado algo para comer?
— He llamado al Ca Fayer. Llegarán en unos minutos.
Perfecto. Tengo tiempo de hacer una breve búsqueda online. Me pongo Burning Down The House, de Tom Jones (el Bertín Osborne de Gales) y los Cardigans por lo de fait fayer wit fayer. Google me dice que el local está en Cánovas, en Conde Altea.
El primer vistazo a la carta me sorprende. Tiene entrantes fríos y calientes, un apartado exclusivo de croquetas, tres principales y dos chuletones de un kilo. O sea, tú puedes cenarte una ensaladilla, un curry y un pedazo de vaca de un puto kilo (cierto que cuestan como cambiarte el embrague del coche, pero la posibilidad la tienes ahí) pidiendo a este sitio. No es muy común.

También tienes la posibilidad de que muchos de los entrantes vengan en ración completa o media ración, lo que da mucho juego a la hora de probar cosas distintas. Bueno, lo primero que salió de la bolsa fue el steak tartar de vaca vieja Txoguitxu en brioche francés.

Imagínate un pan de perrito caliente cortado por la mitad. El relleno, en lugar de la salchicha, es un steak tartar, pero MEEEC, cortado a dados excesivamente gruesos. El aliñado está bien, lleva su mostaza, sus pepinillos, tampoco ninguna locura, todo correcto, pero lo del tamaño de la carne lo veo mal. Los trozos tienen el tamaño que deberían tener si fuera un tartar de atún, pero en uno de ternera el picado debe ser mucho más fino. Por otra parte, el ponerle un brioche, en lugar de la clásica tostadita de pan crujiente, le da un algo de diferencia. Noto voluntad de hacer algo guay. Seguimos adelante.
Gyozas de pato, mango y foie. Vaya, el pato es muy sabroso, el mango y el foie no están súper presentes, más bien le hacen de trampolín al pato. La pasta pelín plasticosa, pero es que esas movidas tienen que comerse recién hechas. Lleva una salsita por encima que lo máximo que te puedo decir es que es rosa. Next.

Hay un plato que hay que pedir obligadamente porque se llama «Las albóndigas de la abuela de Murcia (textual) con almendras y papadam». Me fascina que la abuela sea concretamente de Murcia, porque ahí te están dando una puntualización. Alguien tiene dos abuelas, geográficamente separadas, y la que sabe hacer albóndigas es la de Murcia, y la otra abuela va a vivir siempre en la humillación de saber que la crack de las albóndigas era la otra. Bueno, como sea… Son brutales.

Igual las pillé en un día bueno, igual estaba yo tonto, no sé, llámalo energía, la cuestión es que son ahora mismo mis albóndigas favoritas del mundo. Están cojonudérrimas, la textura, el sabor, la salsa, todo es perfecto, no hay un pero. Son las albóndigas del mundo de las ideas de Platón. Los papadam son como unas galletas de pan crujientes, que se meten en la salsa. Absolutamente must, si quieres mañana no vayas a trabajar o a diálisis, pero esto sí que tienes que hacerlo. Albóndigas.
Luego nos empujamos unas croquets de carrillera en su jugo. Saben más a bechamel que a la carne en sí. Densita de textura, muy láctica, muy nuez moscada, no sé, no son mis favoritas. No me dijeron mucho.

Rematamos con el curry de merluza. Vale, pues unos trocitos de merluza rebozada sin espinas, flotando en ese caldito que lleva curry y leche de coco. No pica nada, trocitos de brócoli y zanahoria flotando por ahí, y un tapercito de arroz blanco con algún grano negro para que haya diversidad, como en las series de Netflix. Funciona bien. La merluza tampoco es para hacerle un monográfico en el Reina Sofía, pero bien, merlucita. Ok. Entra fachile.

El precio del Ca Fayer: Al final casi 38 pavos, entre dos, a 19 euros por cabeza. Vale.

Me molan más las ideas que hay en la carta que la ejecución en sí. De todas formas, no te puedo decir que nada estuviera mal, y lo de las albóndigas es de otra galaxia. Por otra parte, hay que entender que un delivery rara vez es igual que un restaurante, y que la propuesta del chuletón y las medias raciones es muy interesante, y oye, ni 20 pavos y cené muy agustamente.
Mira, Okey alto. Creo que va a ser eso, porque me planteo seriamente volver a llamar para probar más cosas, y la sensación de «tengo que probar más» siempre es buena.
Estoy hasta la polla de no poder cenar por ahí.
Goza de amplio aparcamiento.