Que digo yo, que si no habéis estado en la Terreta, igual molaría probar.
El sitio es curioso, como lujoso, como victoriano cuqui. Es un eslabón perdido entre comida con colegas y cena de conocer suegros. Está en Explorador Andrés, al lado del Varea. La otra noche éramos 5 hambrientas personas, llegamos, nos sentamos en nuestras sillas victorianas-cuquis y la camarera es maja y nos trae las cartas y unas olivas.

Para empezar tienen una carta de vinos que parece las páginas amarillas, no te la acabas. Páginas y páginas llenas de vinos tintos, blancos, de Valencia, de Madrid, ecológicos, dulces, la virgen. Es un Tinder de vinos para enólogos cerders.

No te sabría definir muy bien el tipo de cocina, porque tienen cosas como de aquí y de allá. Por un lado hay cocas, ensaladilla y bravas, y por el otro, baos y ensalada thai.
Empezamos pidiendo la ensalada de pollo thai, con verduras crudas, el pollo confitado y salsa de curry rojo. Un poco picante, un poco cítrica, pero bien para empezar. Las salsas le dan rollete que no es el habitual de leche de coco.

Croquetas de jamón y buñuelo de bacalao. Yo estas no las probé, pero puedo deciros que tuvieron gran éxito de crítica y público. Además, el rebozado y la textura eran de croqueta bien hecha. Un día voy a retomar una movida que tengo pendiente, una especie de guía de croquetas de Valencia. Pero no me distraigáis con mierdas, vamos a lo que vamos.

Tramezzino de roast beef con cebollitas. Este plato lo vi guay, pero si hay que ponerle un pero, sería el pan. Osea, la carne, que a prori es lo más complicado, bien, la salsa que es así como mostazosa, bien también. El pan meh. Es un multisemillas. No obstante, le quité el pan de en medio (son dos pisos) y me quedó un sandwich de lo más guapo.
Steak tartar a «su estilo». La presentación ya es curiosa, porque viene como si fueran dos bolas de helado. Averiguar lo que lleva un tartar solo probándolo es una labor como para un perro del aeropuerto sommelier. La base siempre es una carne roja picada a cuchillo y un poco de esta movida y un poco de esta otra. Está bueno, tenía un punto dulce ¿Un toque de ketchup, quizás? No sé. Habrá que hacerse cábalas propias.

Canelones de confit de pato con salsa de setas. Para mí, lo mejor de la cena. El canelón bien farcidito de pato, y la salsa, así como bechamelosa por encima. Un plato digno de navidad con la abuela. La pasta del canelón un poco durita, como debe ser.

Patita de pulpo. Tampoco le vamos a pedir virguerías, es una pata de pulpo, con patatitas y romescu. Aquí casi todo el mérito es del producto ¿sabes?. Coge un pulpo, críalo bien, hazle ir al gym, que no fume y que deje pasar a las pulpas mayores cargadas en el ascensor, y luego trocéalo con aceite y pimentón. No tiene más.
Al final salimos a 99 pavetes, que entre 5, rozó los 20 por cabeza. Pues yo creo que sí, visto lo visto se le puede dar tranquilamente un okey alto.
Hubo un tiempo feliz en el que parecía que el Cedro iba a petarlo gastronómicamente. De repente y en menos de un año se juntaron el Miso, el Bule Bule, Patapuerca, Rayuela, y un montón de bares que parecía que iban a convertir una zona de botellón en algo casi ruzafesco. Ahora de aquella generación del 27 gloriosa solo quedan un par, y La Terreta es uno.
Goza de amplio aparcamiento.